Nueva York
"Nunca me dieron miedo las pasarelas. Me daba miedo la mesa de reuniones que me esperaba esa mañana."
Hay ciudades que intentan conquistarte.
Nueva York espera que seas tú quien esté dispuesto a conquistarla.
Cuando era adolescente pasaba horas viendo Gossip Girl en la casa de mi mamá en Miami. Me fascinaba imaginar que algún día caminaría por las mismas calles de Blair Waldorf, con un café en la mano y la sensación de que todo era posible.
La serie exageraba muchas cosas.
Pero tenía razón en una.
Nueva York nunca duerme.
Solo cambia de ritmo.
Sonreí para mí misma mientras sostenía el vaso de café entre las manos y observaba el movimiento desde la acera. Personas caminando con una prisa contagiosa, taxis amarillos tocando el claxon sin razón aparente, ejecutivos hablando por teléfono antes de las nueve de la mañana y turistas intentando fotografiar una ciudad que nunca dejaba de moverse.
Habían pasado apenas tres semanas desde que me mudé definitivamente a Manhattan.
No era un cambio que me intimidara.
Había crecido entre Francia y Miami; hacer maletas siempre había sido parte de mi vida.
Lo diferente era el motivo.
Por primera vez, Nueva York no era una ciudad para una campaña, un desfile o una sesión de fotos.
Era el lugar donde empezaría la etapa más importante de mi carrera.
Subí al ascensor del edificio con el café todavía caliente entre las manos. Al llegar al último piso, las puertas se abrieron directamente al apartamento.
Dejé el bolso sobre la consola de la entrada y caminé hasta los ventanales.
La vista seguía pareciéndome irreal.
El río Hudson se extendía frente a mí mientras los primeros rayos de sol se reflejaban sobre los edificios de cristal.
Mi teléfono comenzó a vibrar sobre la isla de la cocina.
Papá.
Contesté de inmediato.
—Bonjour, papa.
—Bonjour, ma princesse.
Sonreí.
No recordaba exactamente cuándo mi abuelo Raphael había empezado a llamarme así, pero toda la familia terminó copiándolo.
—¿Ya llegaste?
—Hace un momento.
—¿Lista para convertirte oficialmente en una empresaria?
Solté una pequeña risa.
—Estoy considerando desaparecer, cambiarme el nombre y abrir una librería en algún pueblo perdido de Suiza.
Escuché su risa al otro lado de la línea.
—Tu abuelo te encontraría en menos de cuarenta y ocho horas.
—Veinticuatro si la abuela decide ayudarlo.
Papá volvió a reír.
—Entonces dime la verdad.
Me apoyé contra el ventanal.
—Estoy nerviosa.
Hubo un breve silencio.
—¿Por la negociación?
Negué con la cabeza, aunque él no pudiera verme.
—No exactamente.
Respiré hondo antes de continuar.
—Estoy nerviosa porque si hoy algo sale mal, nadie dirá que una empresaria cometió un error. Dirán que una modelo creyó que podía dirigir una empresa.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Había escuchado ese comentario demasiadas veces.
Como si las pasarelas y los negocios fueran incompatibles.
Como si una mujer no pudiera ser ambas cosas.
—¿Recuerdas cuál fue el primer negocio que cerró tu abuelo? —preguntó papá.
—No.
—Él tampoco.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo así?
—Salió convencido de que había arruinado la reunión. Pasó semanas repitiendo cada palabra que había dicho. Tiempo después descubrió que el trato se había cerrado ese mismo día.
No pude evitar sonreír.
—¿Y qué quieres decirme con eso?
—Que nadie espera la perfección, Eli. La gente solo quiere trabajar con alguien en quien pueda confiar.
Guardé silencio.
A veces olvidaba que mi padre tenía la extraña habilidad de calmarme sin decir demasiado.
—Gracias.
—Ve y sé tú. Es lo que mejor sabes hacer.
Miré la hora.
Quedaban poco más de noventa minutos para la reunión.
—Será mejor que empiece a arreglarme.
—Llámame cuando termines.
—Lo haré.
—Te quiero, ma princesse.
—Yo también, papá.
La llamada terminó.
Durante unos segundos permanecí inmóvil frente al ventanal.
Respiré profundamente.
Podía hacerlo.
Llevaba años preparándome para ese momento.
No iba a dejar que los prejuicios de los demás me hicieran dudar de mí.
A las once y cincuenta y cinco de la mañana, Michael estacionó el automóvil frente a un pequeño café en Tribeca.
Había sido idea de los asistentes.
Un lugar neutral.
Ni mi oficina.
Ni la de ellos.
Perfecto.
—Le deseo mucha suerte, señorita Beaufort.
Le sonreí antes de bajar.
—Gracias, Michael.
Empujé la puerta de cristal.
El aroma a café recién molido inundó el ambiente.
Una joven detrás del mostrador levantó la vista apenas entré.
—¿Señorita Beaufort?
Asentí.
—La persona que la espera ya llegó. Está al fondo, junto a la ventana.
—Muchas gracias.
Respiré hondo.
Tomé aire una vez más antes de caminar entre las mesas.
Intenté concentrarme en los contratos.
En las telas.
En la colección.
En los proveedores.
En cualquier cosa menos en los nervios.
Entonces lo vi.
Estaba sentado junto al ventanal revisando unos documentos.
Traje azul marino.
Camisa blanca.
Una taza de café a medio terminar.
No podía verle bien el rostro.
Solo el perfil.
Seguí caminando.
Fue entonces cuando levantó la cabeza.
El mundo siguió moviéndose.
Los clientes siguieron conversando.
Una máquina de café volvió a sonar detrás del mostrador.
Pero yo dejé de escuchar absolutamente todo.
Esos ojos.
Los reconocería incluso entre un millón de personas.
Azules.
Profundos.
Exactamente iguales a como los recordaba.
No
No podía ser.