Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una palabra.
La mesera seguía de pie junto a la mesa con una sonrisa paciente, esperando que alguno reaccionara.
Alejandro fue el primero en hacerlo.
—Un espresso, por favor.
Después me miró.
—¿Tú?
—Un capuchino.
La mesera anotó el pedido y, antes de irse, preguntó si queríamos ordenar algo más.
—Por ahora no, gracias —respondimos al mismo tiempo.
Los dos sonreímos.
—¿Cómo has estado? —preguntó finalmente.
Me acomodé en la silla.
—Bien. Muy bien, en realidad.
Asintió despacio.
—Me alegra escucharlo.
—¿Y tú?
—No puedo quejarme.
Mientras la mesera dejaba nuestro pedido en la mesa, lo observé por un instante, seguía teniendo esa calma que siempre había logrado transmitir incluso cuando todo a su alrededor era un caos.
Era extraño descubrir cuánto podía cambiar una persona y, al mismo tiempo, seguir siendo exactamente la misma.
Alejandro carraspeó suavemente.
—Supongo que deberíamos hablar del motivo por el que estamos aquí.
Asentí.
En ese instante dejamos de ser Eliana y Alejandro para ser dos profesionales intentando hacer negocios.
Respiré profundamente.
Había esperado esa reunión durante semanas, no iba a permitir que el destino, por muy caprichoso que fuera, desviara mi atención.
—Maison Solène nació hace tres años como una idea —comencé—. No quería crear una marca que siguiera tendencias, quería construir una identidad…
Durante la siguiente hora hablamos únicamente de números, de estrategias, de crecimiento.
Le expliqué el concepto detrás, una firma creada para mujeres que entendían la elegancia como una forma de expresión y no como una tendencia pasajera. Le hablé de la primera colección, del mercado al que queríamos llegar, de la producción responsable, de la importancia de construir una marca con identidad antes que perseguir ventas rápidas y del plan de expansión que mi equipo había proyectado para los siguientes cinco años.
No estaba recitando una presentación.
Estaba hablando del proyecto al que había dedicado cada madrugada, cada viaje y cada minuto libre durante los últimos tres años.
Y podía sentirlo.
Cada palabra salía con una seguridad que ni siquiera los nervios de esa mañana habían conseguido borrar.
Cuando terminé, Alejandro permaneció unos segundos revisando las proyecciones financieras.
Después levantó la vista.
—Debo admitir que no esperaba encontrar un plan tan estructurado.
Sonreí apenas.
—¿Eso es un cumplido?
—Es una muy buena estrategia empresarial.
Su respuesta fue completamente profesional.
Y, por alguna razón, me alegró más de lo que esperaba.
—Normalmente estas reuniones las lleva nuestro gerente comercial —continuó mientras cerraba la carpeta—. Está de vacaciones, así que tuve que cubrirlo.
Asentí, eso explicaba muchas cosas.
—No quiero que pienses que estoy evaluando el proyecto yo solo, la decisión pasa por varias áreas, pero el informe financiero sí queda bajo mi responsabilidad.
—Lo entiendo.
Él volvió a sonreír.
—Y, si sirve de algo, creo que Maison Solène tiene argumentos muy sólidos para convertirse en uno de nuestros clientes.
Sentí cómo se aflojaba un poco la tensión que había llevado encima desde la mañana.
—Gracias.
La conversación volvió a relajarse unos minutos más.
Hablamos del crecimiento de Nueva York y del tráfico imposible de Manhattan. Sin mencionar una sola vez nuestra historia. Como si ambos hubiéramos decidido, en silencio, dejar ese capítulo cerrado... al menos por hoy.
Miré el reloj.
—Creo que llegó el momento de irme.
Alejandro también se puso de pie, hubo un silencio breve hasta que él decidió volver a hablar
—En un par de días recibirás una respuesta oficial por parte de la empresa.
—La estaré esperando, fue bueno verte Cooper
Él sonrió con una mezcla extraña de nostalgia y serenidad.
—También fue bueno verte Eliana
Le sostuve la mirada apenas un instante antes de sonreír.
—Hasta pronto.
Salí del café sin volver la vista atrás, sólo cuando las puertas se cerraron detrás de mí respiré profundamente.
Subí al automóvil y esperé a que Michael arrancará.
No habían pasado ni cinco minutos cuando marqué el número de Paulina.
Contestó al segundo timbre.
—¿Cómo te fue la reunión?
Ni siquiera la saludé.
—¿Me quieres explicar por qué nunca me dijiste que Alejandro estaba viviendo en Nueva York?
Al otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto.
—...¿Qué?
—Lo vi hace veinte minutos.
—Espera... ¿Qué acabas de decir?
—Alejandro trabaja para la empresa con la que acabo de reunirme.
Escuché cómo soltaba una exclamación ahogada.
—¡No puede ser!
—Eso mismo pensé yo, creía que seguía trabajando en Washington
—No, hace unos meses lo trasladaron a Nueva York porque le ofrecieron un ascenso.
Fruncí el ceño.
—¿Y se te olvidó mencionarlo?
—Completamente, te lo juro.
La conocía lo suficiente para saber qué decía la verdad.
Suspiré mientras observaba por la ventana cómo Manhattan seguía latiendo al mismo ritmo frenético de siempre.
Qué curioso.
Ocho años sin cruzarme con Alejandro y ahora vivíamos en la misma ciudad.