Donde el destino sangra

Capítulo 1

Cuando la noche miente

La noche había caído sobre la zona comercial de Eldecar con un silencio artificial, impuesto. Las calles, normalmente llenas de luces, voces y pasos apresurados, estaban vacías. Los locales cerrados formaban filas de fachadas mudas, y los faroles lanzaban círculos de luz pálida sobre el pavimento húmedo. La fisura seguía abierta a varias manzanas de distancia, una herida invisible en el aire que nadie podía cerrar, solo vigilar.

Eliha Crowley caminaba con paso firme por las calles desiertas de la zona comercial, dejando que el sonido rítmico de sus botas marcara un pulso constante en la quietud de la noche. Cada uno de sus sentidos estaba en tensión, afinado por años de entrenamiento y por experiencias que no se borraban con el tiempo. Escuchaba más allá de las palabras, más allá del silencio mismo, atento a cualquier variación en el aire, a un eco fuera de lugar, a una sombra que se estiraba más de lo debido bajo la luz temblorosa de los faroles.

Las sombras eran traicioneras a esas horas. Se deslizaban por las fachadas cerradas, se acumulaban en los rincones, parecían observar desde los umbrales de puertas y callejones. Eliha las recorría con la mirada una y otra vez, no porque esperara ver algo concreto, sino porque sabía que, en Eldara, lo peligroso rara vez se anunciaba de forma evidente.

A su lado, Rowan caminaba con una relajación que contrastaba con la rigidez contenida de Eliha. Hablaba en voz baja, casi como si temiera romper el silencio impuesto sobre la zona evacuada, dejando escapar comentarios sin peso real: lo interminable que se hacía el turno nocturno, lo absurdo que resultaba vigilar calles vacías, la ironía de que siempre fuera en esa falsa calma donde las cosas solían torcerse.

—Cuando todo está así de tranquilo —murmuró—, es cuando algo sale mal.

Eliha no respondió de inmediato. A veces asentía con la cabeza, apenas un gesto mínimo que indicaba que había escuchado. Otras, dejaba escapar un murmullo breve, más por cortesía que por interés. Su atención no estaba puesta en la conversación, sino en el entorno que los rodeaba, trazando rutas mentales de escape, identificando puntos ciegos, midiendo distancias entre edificios, anticipando desde dónde podría surgir una amenaza.

Para él, caminar no era solo desplazarse. Era leer la ciudad.

Notaba el olor metálico que flotaba en el aire, residuo de magia reciente. El silencio demasiado limpio que dejaba una evacuación apresurada. La forma en que algunos faroles parpadeaban con una cadencia irregular, como si algo perturbara el flujo normal de energía. Detalles pequeños, casi insignificantes, pero que juntos formaban un mapa invisible que solo alguien acostumbrado a sobrevivir podía interpretar.

Eliha sabía que esa vigilancia constante lo alejaba de los demás. También sabía que era el precio de seguir con vida.

Mientras Rowan seguía hablando, Eliha avanzaba con la certeza inquietante de que aquella calma no duraría. La ciudad contenía la respiración, y él caminaba justo en el centro de esa pausa frágil, esperando, sin quererlo, el momento exacto en que el silencio se rompería.

Entonces lo oyó.

Un sonido que no encajaba.

Un grito.

Fue breve, ahogado, y se confundió por un instante con el murmullo distante del viento entre los edificios. Eliha se detuvo en seco. Frunció el ceño, escuchando. La zona había sido evacuada horas atrás. No debía haber nadie allí.

—¿Oíste eso? —preguntó Rowan, dudando.

Eliha no respondió.

El grito volvió a escucharse.

Esta vez no hubo duda.

Era la voz de un niño.

—¡Ayuda! —clamó, quebrada, temblorosa—. ¡Por favor!

El mundo se redujo a esa voz.

Eliha echó a correr sin pensarlo, dejando a Rowan atrás y rompiendo la formación sin siquiera mirar atrás. Sus botas golpeaban el empedrado con fuerza, el aire nocturno le quemaba los pulmones mientras avanzaba impulsado por un solo pensamiento: llegar a tiempo.

La voz volvió a escucharse, aguda, quebrada por el llanto. Pero no venía del mismo lugar. Cada grito lo arrastraba hacia una dirección diferente, como si la ciudad misma lo empujara a elegir caminos cada vez más estrechos.

—¡Estoy aquí! —gritó el niño—. ¡Por favor! ¡No me dejes solo!

El corazón de Eliha se aceleró hasta martillarle el pecho. A cada súplica, la urgencia crecía, aplastando cualquier duda que intentara formarse. Sabía que algo no encajaba. La zona estaba evacuada. Lo habían confirmado una y otra vez. Pero la lógica se volvía irrelevante frente a una voz así, frente a un miedo tan real que atravesaba la noche como una herida abierta.

Giró en una esquina cerrada, luego en otra, acelerando aún más cuando la voz pareció apagarse… solo para reaparecer de pronto, más cerca.

Demasiado cerca.

Sintió el teléfono vibrar en su bolsillo, insistente. No necesitaba mirarlo para saber quién era. Rowan estaría intentando detenerlo, llamarlo de vuelta, exigir explicaciones. Eliha apretó la mandíbula y siguió corriendo. No podía perder tiempo. No cuando cada segundo podía ser la diferencia entre encontrar a alguien con vida o llegar demasiado tarde.

Las calles parecían alargarse, torcerse de formas imposibles. Las sombras se acumulaban en los callejones, espesándose a su paso. Recorrió varias cuadras sin encontrar rastro alguno: ni pasos pequeños, ni señales de lucha, ni siquiera un objeto fuera de lugar.

La inquietud comenzó a abrirse paso en su mente, como una fisura silenciosa.

Esto no está bien.

Pero no se detuvo.

No cuando la voz volvió a elevarse, rota por el llanto.

—¡Ayúdame! ¡Tengo miedo!

Eliha apretó los puños mientras corría, forzando a su cuerpo a dar más de lo que debía. No podía ignorarla. No podía hacerlo. Aunque supiera, en el fondo, que estaba cometiendo un error.

No cuando esa voz seguía pidiendo ayuda.




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