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? CAPÍTULO 1: La Máscara de Oro

📖 CAPÍTULO 1: La Máscara de Oro

El timbre que anunciaba el final de la última clase de la tarde resonó en las paredes de la escuela secundaria, desatando el caos habitual de mochilas que se cerraban y pasos apresurados. En medio del tumulto del pasillo central, Elizabeth avanzaba con paso firme, atrayendo las miradas de todos a su alrededor. A sus catorce años, poseía un magnetismo natural que era imposible ignorar. Vestía el uniforme escolar con un toque de coquetería pretenciosa, ajustándolo de manera que resaltara sus curvas, en especial sus pompas respingonas de las que tanto presumía. Su larga cabellera rubia ondeaba con cada paso que daba, y sus ojos almendrados color miel brillaban con una alegría que parecía inquebrantable. Las pecas que decoraban su nariz, sus hombros, su pecho y su espalda le daban un aire fresco y encantador.

—¡Elizabeth, estuviste increíble en el partido de voleibol! —le gritó un compañero desde el patio.

—¡Gracias! ¡Solo doy lo mejor de mí! —respondió ella con una sonrisa radiante, lanzándole un beso al aire.

Elizabeth era sumamente alegre, cariñosa y amigable. Le encantaba estar involucrada en todas las actividades deportivas de la escuela, lo que la llevaba a conocer a mucha gente. Todos querían estar cerca de ella, alimentarse de su energía y ser vistos a su lado. Sin embargo, detrás de esa fachada de chica popular, perfecta y segura de sí misma, se escondía un secreto que nadie lograba descifrar: Elizabeth tenía una autoestima sumamente baja. Había aprendido a camuflar sus inseguridades de manera experta, usando su atractivo físico y su carisma como una armadura dorada para que nadie notara lo frágil que se sentía por dentro. Daba un cariño genuino y desinteresado a cualquiera que se le acercara, pero, trágicamente, nadie parecía devolverle un afecto real. Para los demás, ella era solo la chica linda y divertida de la escuela; nadie se tomaba el tiempo de mirar más allá de sus ojos miel.

El verdadero peso de su realidad caía al final del día.

El ruido del pestillo al cerrarse fue el detonante. Elizabeth apoyó la espalda contra la madera de la puerta de su habitación y dejó caer la mochila al suelo con un golpe sordo. El silencio la envolvió de golpe, un silencio denso y pesado que contrastaba con el bullicio escolar. Caminó arrastrando los pies hacia el tocador, encendió la luz amarillenta y se miró en el espejo. Tomó un disco de algodón, lo empapó en desmaquillante y dio la primera pasada por su mejilla. El delineador comenzó a correrse y las capas de base empezaron a desaparecer, revelando la desnudez de sus pecas en la nariz y los hombros.

Con cada trazo, la máscara de la chica alegre y arrolladora se iba al fondo del basurero.

Se miró fijamente a los ojos desnudados. La realidad de la adolescencia es un juego cruel cuando tu armadura es puramente física. Elizabeth no era delgada, tenía un buen cuerpo, pero su autoconcepto era tan frágil que cualquier rechazo sutil la quebraba. Su autoestima era un edificio de cristal: llamativo por fuera, pero vacío por dentro. Apagó la luz del tocador y el peso de sentirse completamente sola en un mundo lleno de gente la aplastó mientras se metía bajo las sábanas. Estaba rodeada de conocidos, pero en la oscuridad de su cuarto, era solo una niña que mendigaba un amor de verdad.




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