🌅 CAPÍTULO 3: El Refugio Inocente
Era una tarde cualquiera de viernes, de esas en las que el ambiente huele a libertad de fin de semana y la plaza central del sector se llenaba del bullicio de los estudiantes que salían de clases. Elizabeth caminaba rodeada de su grupo de siempre, riendo fuerte, estirando el uniforme para presumir sus curvas y sacando a relucir esa personalidad coqueta que usaba como escudo ante el mundo.
A unas cuantas bancas de distancia, otro grupo de jóvenes hacía ruido. Eran de la preparatoria vecina. Entre ellos, alguien capturó la atención de Elizabeth de inmediato. No porque fuera el típico galán guapo de revista que todas las niñas de catorce años miraban con desesperación, sino por la tremenda seguridad y energía que transmitía. Era un chico alto, moreno, de hombros anchos y una sonrisa enorme que parecía iluminarle el rostro. Su nombre era Gerardo. Tenía dieciséis años, dos años mayor que ella; una brecha que a esa edad se sentía como un abismo de madurez y experiencia.
En un segundo de distracción, sus miradas se cruzaron en el aire.
No fue un parpadeo rápido ni una mirada esquiva. Gerardo sostuvo la mirada de Elizabeth con una fijeza que le congeló la risa falsa en los labios. Sus ojos oscuros no recorrieron su cuerpo con esa lascivia incómoda y superficial a la que ella estaba trágicamente acostumbrada por parte de otros chicos de la secundaria; Gerardo la miró directamente a la cara, directo a sus ojos miel, con una calidez y un respeto que la hicieron sentir completamente descubierta, desarmada y extrañamente protegida. Un vuelco desconocido le sacudió el estómago, y un calorcito tierno le subió por el cuello pecoso.
—¡Ey, Elizabeth! ¡Vengan para acá un rato! —gritó un amigo en común que estaba sentado con el grupo de preparatoria, rompiendo la intensa tensión del momento.
Caminaron hacia la banca. El corazón de Elizabeth iba a mil por hora, aunque dio cada paso con la barbilla en alto, fingiendo esa seguridad que tanto le faltaba por dentro. Cuando llegaron, el amigo en común los presentó formalmente.
—Elizabeth, él es Gerardo. Gerardo, ella es Eli.
—Un placer, Eli —dijo él. Su voz era gruesa, pero extrañamente dulce. Le extendió la mano y, al rozar sus dedos, la baja autoestima de Elizabeth pareció desvanecerse por un instante.
Esa tarde en la plaza, entre risas compartidas, bromas y cuadernos escolares olvidados en el césped, comenzó una amistad profunda que, con el paso de las semanas, se transformó en un noviazgo. Gerardo era diferente a todos. Era increíblemente cariñoso y se preocupaba por ella de verdad: le preguntaba cómo se sentía, se aseguraba de que hubiera comido, la iba a buscar a la salida de su escuela o ella pasaba a buscarlo a la de él, y organizaban su vida para juntarse religiosamente todos los fines de semana. Él le daba la confianza y la estabilidad emocional que nadie más le había ofrecido en su corta vida. Elizabeth cayó profundamente enamorada. Sentía que, por fin, después de tanta soledad disfrazada, tenía algo hermoso, puro, inocente y que era solo de ella. Era el inicio de una ilusión que duraría cuatro años, un refugio donde ella bajaría la guardia por completo, creyendo que su tormento había terminado.