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? CAPÍTULO 4: Las Olas del Engaño

🌊 CAPÍTULO 4: Las Olas del Engaño

Los veranos se convirtieron rápidamente en el escenario principal de su felicidad. Durante esos cuatro años, los meses de calor significaban libertad, olor a protector solar y tardes eternas en la playa del sector junto al grupo de amigos que Gerardo y Elizabeth tenían en común. Para Elizabeth, esos días eran lo más cercano al paraíso. Le encantaba lucir sus trajes de baño, dejar que el sol tiñera sus pecas de un color más dorado y sentir la mano de Gerardo entrelazada con la suya mientras caminaban por la orilla.

El lugar favorito de la pareja era una zona apartada, lejos de las sombrillas y las toallas del resto del grupo. Allí, donde las olas rompían con más fuerza contra los acantilados, se encontraba una cueva escondida entre las rocas. Era su santuario. En la penumbra de esa cueva, protegidos del resto del mundo, Gerardo la abrazaba con un cariño que a ella le parecía el más puro del universo. Él le susurraba promesas al oído, le decía lo hermosa que era y la hacía sentir la mujer más segura y amada de la tierra. Elizabeth se entregaba por completo a esa ilusión; para ella, esa relación era un pacto sagrado e intocable.

Sin embargo, el peligro siempre acechaba de cerca, camuflado bajo el sol del verano. Soledad siempre formaba parte de esas salidas a la playa.

Elizabeth, en su profunda inocencia y enamoramiento, observaba a su amiga sentada en la arena, compartiendo con los demás, y se sentía aliviada. Creía firmemente que el lema de Soledad no tenía poder allí. «Gerardo no le toma en cuenta más allá de ser mi amiga», se repetía Elizabeth a sí misma con convicción cada vez que los veía cruzar alguna palabra educada. Gerardo se encargaba de mantener las distancias frente a ella, mostrándose indiferente ante los encantos de Soledad, lo que alimentaba la confianza ciega de Elizabeth. Lo que ella consideraba una dinámica sana y transparente, era en realidad el inicio de un juego de espejos y secretos que se tejía a sus espaldas.

A la par, la personalidad de Gerardo empezaba a mostrar sus primeras grietas, aunque Elizabeth las justificaba como simples muestras de amor desmedido. Él era excesivamente cariñoso, pero también comenzaba a vigilar con quién hablaba ella. Si un chico nuevo se acercaba a saludarla en la playa o en la escuela, Gerardo se tensaba, rodeaba la cintura de Elizabeth con posesividad y cambiaba el tono de voz.

—No me gusta cómo te miran, Eli —le decía a solas, acariciándole el cabello rubio—. Eres demasiado linda e ingenua, y los hombres son maliciosos. Solo quiero protegerte, no quiero que nadie te confunda.

Elizabeth, cuya baja autoestima seguía buscando desesperadamente la validación externa, devoraba esas palabras como si fueran poesía. Sentía que el control de Gerardo era una prueba de lo mucho que le importaba, sin darse cuenta de que, poco a poco, él estaba construyendo una jaula invisible a su alrededor, preparándola para el día en que su mundo perfecto se hiciera pedazos contra las mismas rocas donde juraban amarse.




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