🤸♀️ CAPÍTULO 7: El Refugio del Cuerpo
A pesar de que el verano seguía ardiendo con fuerza, los días de playa se terminaron para siempre. Elizabeth no se quedó en casa lamentándose. En lugar de eso, decidió encerrarse en el deporte para comenzar a sanar. Canalizó toda esa rabia, el vacío y la humillación en extenuantes rutinas de cheerleading, gimnasia rítmica y aeróbica. Si su mente no podía dejar de pensar, haría que su cuerpo cayera rendido por el cansancio.
Cada salto mortal, cada lanzamiento en el equipo de porristas y cada coreografía perfecta de gimnasia rítmica eran una forma de expulsar el dolor. El sudor limpiaba la culpa que no le correspondía. Su cuerpo, ese que antes usaba de manera pretenciosa para buscar validación, ahora se convirtió en su templo de disciplina y resistencia.
Gerardo la buscó en varias oportunidades. Aparecía a la salida de los entrenamientos con la mirada arrepentida, intentando dar explicaciones falsas o pedir otra oportunidad. Pero Elizabeth se mantuvo implacable. ¿Para qué hablar con alguien que ya la había decepcionado de la peor manera? Su silencio fue su respuesta. No hubo gritos, solo una indiferencia total que a Gerardo le dolía más que cualquier insulto.
Con Soledad, la estrategia fue el contacto cero, pero ejecutado de forma inteligente. Como vivían en el mismo sector y se cruzaban a diario, Elizabeth la saludaba con cortesía gélida cuando no le quedaba otra opción, pero la intimidad se había roto para siempre. Ya no había pijamadas, ni conversaciones de chicas, ni visitas a su casa. Cada vez que Soledad la buscaba intentando fingir que nada había pasado, Elizabeth inventaba una excusa perfecta: «Tengo entrenamiento», «Estoy cansada», «Tengo que estudiar». Elizabeth lo tenía claro: no quería a gente así en su vida. No valía la pena desgastarse en reclamos; la mejor venganza era borrarlos de su futuro. Ahora toda su energía estaba puesta en una nueva y emocionante etapa: el ingreso a la universidad.