🚬 CAPÍTULO 8: Nuevos Aires y Falsas Lealtades
La universidad trajo consigo un aire de renovación. Elizabeth se sentía más madura, enfocada en sus metas y decidida a dejar atrás los fantasmas de la secundaria. Como su experiencia con las mujeres había sido tan devastadora por culpa de la traición de Soledad, tomó una decisión consciente: esta vez prefirió rodearse de amigos hombres. Pensaba, con cierta ingenuidad, que la lealtad masculina sería directa, libre de envidias y protectora.
Pronto se adaptó a un nuevo grupo de chicos de la facultad. Al principio, todo parecía marchar de maravilla. Se sentía integrada, respetada y protegida por sus nuevos amigos, quienes admiraban su carisma y su energía. Sin embargo, detrás de las risas en el campus y las salidas universitarias, el grupo escondía un secreto que empezó a salir a la luz con el paso de las semanas: el consumo de drogas.
El choque cultural ocurrió un viernes por la noche en una fiesta universitaria. El ambiente estaba cargado de música pesada y luces difusas. En medio de la euforia, uno de los chicos sacó una bolsa y encendió un cigarrillo con un olor penetrante. Se lo extendió a Elizabeth con una sonrisa insistente.
—Dale, Eli, prueba. Solo es para pasar el rato y disfrutar más la noche —le dijo.
Elizabeth dio un paso atrás. A ella nunca le había llamado la atención la droga, ni siquiera por curiosidad. Tenía la firme convicción de que podía pasárselo bien, bailar y disfrutar de la vida sin necesidad de alterar sus sentidos.
—No, gracias. Estoy bien así —respondió con tranquilidad.
Pero el grupo no se dio por vencido fácilmente. Comenzaron a presionarla, usando la típica insistencia universitaria. «No seas aburrida», «Solo una probada», «Todos lo hacen aquí». La presión social se volvió densa y molesta, pero Elizabeth, que ya había sido forjada en el fuego de la traición, no era la niña sumisa de antes. Se plantó frente a ellos, los miró fijamente y les puso un límite tajante:
—Miren, si siguen ofreciéndome eso, significa que no son mis amigos. Porque los verdaderos amigos respetan la opinión y el "no" de otra persona. Así que déjenlo ya.
El silencio cayó sobre el grupo. Desde ese instante, al ver su determinación, nunca más volvieron a indicar o insistirle. Cuando ellos fumaban o consumían, Elizabeth simplemente se alejaba físicamente del lugar. Había ganado esa batalla con madurez, pero por dentro, el dolor no se apagaba. Miraba a su alrededor y se daba cuenta de que, aunque había cambiado de entorno, seguía sintiendo el vacío de no tener a alguien en quien confiar plenamente. Las heridas del pasado seguían latiendo, recordándole que la lealtad es un tesoro muy difícil de encontrar.