🪩 CAPÍTULO 9: El Torbellino y el Ritmo de la Noche
La música retumbaba en las paredes del club universitario, haciendo vibrar el suelo bajo los pies de Elizabeth. El ambiente estaba cargado de luces de colores, risas y la energía desbordante de la juventud. Ella lucía radiante, usando su habitual coquetería y la seguridad física que el deporte le había otorgado. Sin embargo, toda esa armadura se agrietó en un segundo cuando sus ojos miel recorrieron el lugar y los divisaron a lo lejos.
Allí estaban Gerardo y Soledad. Ya no se escondían en penumbras ni de espaldas al mundo; se mostraban ante todos como una pareja oficial.
El impacto fue devastador. En un instante, todos los recuerdos que Elizabeth creía haber enterrado profundamente bajo horas de extenuantes entrenamientos aparecieron como un torbellino violento, arrasando consigo todo lo que había construido en esos meses. Las heridas que consideraba cerradas se abrieron de golpe, sangrando el mismo dolor del primer día. Volvió a sentirse la niña engañada en la cueva de las rocas. Pero Elizabeth era una experta en fingir. Enderezó la espalda, alzó la barbilla y tomó una decisión: no les daría el gusto de verla derrotada.
Se lanzó a la pista de baile. El baile se le daba de forma natural gracias a su disciplina en la gimnasia y el cheerleading; tenía un control absoluto de sus movimientos y una gracia que atrapaba las miradas. No siempre necesitaba compañía para disfrutar, pero esa noche estaba con ella Matías, un gran amigo de la facultad que era homosexual. Bailar con él era un refugio seguro. Se movían bien pegados, con una complicidad inmenso y un ritmo perfecto, pero sin rozar jamás lo vulgar.
A través del baile, Elizabeth comenzó a soltar todo. Al ritmo de la música rápida, expulsaba la rabia acumulada, y con los temas lentos, dejaba ir la melancolía, usándolo como una terapia de choque frente a los ojos de sus traidores. Cuando la música dio un respiro, Matías se limpió el sudor de la frente y le sonrió.
—Eli, estoy agotado. Voy por una cerveza para los dos, ¿te espero con los demás?
—Oki —le respondió ella, recuperando el aire—. Voy rápido al baño y los encuentro allá.
Al salir del baño, el destino la puso frente a frente con Soledad en la penumbra del pasillo. Soledad la miró con una mezcla de provocación y triunfo, queriendo gritarle al mundo que ahora Gerardo era suyo. Elizabeth sintió el impulso del dolor, pero su máscara de frialdad funcionó a la perfección. Con una indiferencia letal, fingió que Soledad era una completa desconocida. Le cortó el paso con un par de palabras gélidas y cortantes, dejándola muda y con la palabra en la boca en mitad del pasillo. Elizabeth se dio la vuelta y regresó con su grupo de amigos, demostrando que Soledad ya no tenía ningún poder para desestabilizarla.