Donde El FrÍo Encuentra Su Calma

? CAPÍTULO 10: La Confesión en la Oscuridad

🪖 CAPÍTULO 10: La Confesión en la Oscuridad

De vuelta con el grupo, el aire dentro del recinto comenzó a volverse insoportable. El olor pesado del cigarrillo y la marihuana de sus nuevos amigos empezó a asfixiarla. Necesitando un respiro y un poco de tranquilidad, Elizabeth tomó su cerveza y salió al patio trasero del recinto.

El contraste con el exterior fue un alivio. Se sentó en el césped húmedo, apoyando la espalda contra una pared, y cerró los ojos, disfrutando de la soledad y la paz del momento. Pero la calma duró poco. Sintió un movimiento a su lado y, al abrir los ojos, descubrió a Gerardo sentándose en silencio junto a ella. Elizabeth no se inmutó; no le dio más importancia de la necesaria y siguió sumergida en su propio mundo, mirándolo como si fuera un objeto irrelevante.

Finalmente, Gerardo rompió el silencio con la voz cargada de una culpa tardía.

—Eli... perdóname —soltó, mirando hacia el suelo—. Perdóname por lo que pasó. Pero es que tú nunca quisiste acostarte conmigo. Yo tenía mis necesidades de hombre y Soledad siempre estaba dispuesta... Por eso lo hice.

Elizabeth lo escuchó sin parpadear. La justificación le pareció tan inmadura y patética que ni siquiera le dio rabia, solo lástima.

—Está bien, Gerardo. Eso ya no viene al caso —respondió ella con una calma que lo desarmó—. Espero que ahora estés bien con ella y que no le hagas lo mismo que me hiciste a mí.

Gerardo soltó una risa amarga, negando con la cabeza.

—La verdad... a mí no me gusta el compromiso. Ella es solo sexo, nada más. Además, ya no importa. Me aceptaron en los Marines y me voy pronto. Esta es mi última fiesta, por eso quería buscarte y despedirme de ti.

Elizabeth se tomó el último trago de su cerveza y se puso de pie, sacudiéndose la ropa con parsimonia. Miró al chico que alguna vez había sido su primer amor y su refugio seguro, y se dio cuenta de que ya no quedaba nada de él en su corazón.

—Que te vaya bien. Cuídate —le dijo con total desapego, dándose la vuelta para regresar a la fiesta.

Mientras ella se alejaba con paso firme hacia las luces del club, la voz de Gerardo resonó a sus espaldas, desesperada, gritándole desde la oscuridad del patio:

—¡Eli! ¡Te quiero! De verdad te quiero... pero eres demasiado para mí.

Elizabeth no miró atrás. Esas últimas palabras quedaron flotando en el aire de la noche como la declaración final de su victoria. Él mismo lo había admitido: su brillo, su fuerza y su dignidad eran demasiado para un cobarde. La traición la había roto, pero el proceso la había convertido en una mujer inalcanzable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.