Donde El FrÍo Encuentra Su Calma

? CAPÍTULO 14: El Reencuentro de los Tres Años

🪖 CAPÍTULO 14: El Reencuentro de los Tres Años

El destino, sin embargo, tiene formas muy extrañas de cerrar los círculos. Cuando Elizabeth ya cursaba el tercer año de su carrera, el equipo de porristas programó una presentación interuniversitaria. Elizabeth subió al autobús con sus compañeras, entusiasmada por la rutina, sin prestarle demasiada atención al lugar exacto donde se llevaría a cabo el evento. Al llegar, descubrió que las competencias se realizarían en las instalaciones de los Marines, quienes tenían un partido deportivo contra otra institución.

Fiel a su profesionalismo, Elizabeth no le dio ninguna importancia al lugar. De dejó atrás cualquier recuerdo del pasado, se amarró el cabello rubio y salió a la pista. Bailó, saltó y ejecutó su rutina de porristas de manera impecable, disfrutando del ritmo y de la fuerza de su cuerpo. Al terminar la presentación, extasiada por la adrenalina, salió a las áreas verdes del recinto militar junto a un grupo de compañeras, hablando y riéndose de cualquier tontería que ellas decían.

De repente, una voz fuerte y conocida rasgó el aire a sus espaldas:

—¡¡¡Eliiiii!!!

Al darse la vuelta, Elizabeth vio a Gerardo. Venía corriendo hacia ella portando con orgullo su uniforme militar. Antes de que ella pudiera reaccionar, él la tomó con fuerza entre sus brazos, la levantó del suelo y dio varios giros con ella en el aire. La abrazó con una efusión desbordante y la saludó con una sonrisa enorme, como si la hubiera extrañado con el alma durante todo ese tiempo.

Habían pasado tres años exactos desde la última vez que se vieron en aquella fiesta. Gerardo no había cambiado mucho de rostro, pero la disciplina militar lo había vuelto notablemente más musculoso y corpulento. Elizabeth lo miró y, para su propia sorpresa, ya no sintió dolor, ni rabia, ni rencor. El torbellino del pasado se había convertido en una calma absoluta.

Se saludaron y hablamos durante unos minutos como buenos amigos, con una madurez que a Gerardo pareció sorprenderle. Entre la conversación, él le confesó cómo le iba en su vida amorosa.

—Ando en algo con una enfermera naval... pero nada serio, la verdad —comentó Gerardo, rascándose la nuca. Luego, con un tono más serio, añadió—: De Soledad no he sabido nada de nada. Ni siquiera me despedí de ella cuando me fui a los Marines.

Elizabeth escuchó en silencio, confirmando internamente que el lema de Soledad solo la había llevado a la absoluta soledad. Gerardo la había usado por sexo, tal como él mismo lo había advertido, y la había desechado sin mirar atrás. El karma había hecho su trabajo sin que ella tuviera que mover un solo dedo.

Antes de despedirse para volver a sus obligaciones, Gerardo la miró con fijeza, con un brillo de esperanza en los ojos.

—Oye, Eli, salgo de franco en un mes. Voy a estar una semana de descanso en la ciudad... ¿Nos podríamos juntar para conversar bien, tomar algo y ponernos al día?

Elizabeth sonrió de lado, con esa tranquilidad que solo da el haber sanado por completo. Lo miró a los ojos miel, aquellos que él alguna vez adoró, y le dio una respuesta libre de ataduras:

—No sé... —le dijo con total desapego—. Si nos llegamos a encontrar por ahí, está bien. Y si no nos vemos, bueno... será para la próxima.

Se dio la vuelta y regresó con sus compañeras, dejando a Gerardo parado en el césped, viéndola alejarse. Elizabeth caminaba ligera, segura de sí misma, sabiendo que esa "próxima vez" probablemente nunca llegaría, porque ella ya no pertenecía al pasado de nadie. Ella era dueña de su propio futuro.




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