Donde El FrÍo Encuentra Su Calma

? CAPÍTULO 15: Gestos en el Viento

🚗 CAPÍTULO 15: Gestos en el Viento

La vida continuó su curso natural y los recuerdos de Gerardo se diluyeron por completo en el día a día. Él ya no era importante en la vida de Elizabeth; se había convertido en un personaje secundario de un pasado lejano. Un fin de semana cualquiera, Elizabeth salió a pasear con Matías. Mientras caminaban charlando y se aproximaban a la plaza central, el rugido de un motor llamó su atención.

Detenido junto a la acera, en un auto reluciente, estaba Gerardo. Vestía su impecable uniforme militar. Al ver a Elizabeth, sus ojos se iluminaron, se inclinó hacia la ventanilla, le lanzó un beso en el aire y, con las manos, formó un corazón con los dedos hacia ella.

Años atrás, ese mismo gesto la habría derretido por completo, la habría hecho flotar de amor puro. Pero hoy, Elizabeth se detuvo un segundo, lo miró fijamente y solo se rió. Una risa ligera, sin pizca de amargura ni nostalgia. Nada más. Su corazón ya no le pertenecía a él, ni a nadie de su pasado. Matías la tomó del brazo con una sonrisa cómplice y ambos siguieron su camino, dejando atrás el auto y un corazón de dedos que se desvaneció en el viento.

Pasó un año más de intensa vida universitaria. Elizabeth seguía reacia a involucrarse en una relación sentimental; tenía miedo de volver a entregarse por completo, de bajar la guardia y volver a sufrir el dolor de una traición. No le interesaba tener novio. Fue durante ese tiempo que un estudiante de medicina empezó a pretenderla. Él la seguía, la buscaba y se notaba a leguas que era un buen chico, genuino y atento. Sin embargo, Elizabeth era ahora una mujer madura y responsable con los sentimientos ajenos. Sabía que no tenía sentido entusiasmarlo con algo que no iba a pasar.

Un día, se encontraron de frente en el campus y se sentaron a conversar. Elizabeth decidió ser completamente honesta.

—Mira, he sufrido mucho en el pasado —le dijo con calma, mirándolo a los ojos—. En este momento de mi vida no estoy en condiciones de tener una relación con nadie. Si quieres, podemos ser amigos, pero nada más. No puedo darte otra cosa.

El chico aceptó la situación con amabilidad. Sin embargo, al tiempo después —en realidad, no mucho tiempo después—, Elizabeth lo vio caminando por la facultad tomado de la mano con otra muchacha. Al verlo, no pudo evitar soltar una pequeña risa. No sintió celos ni despecho; se rió porque su intuición no le había fallado. Sabía perfectamente que el interés de él no era tan profundo y que ahí, en definitiva, no era su lugar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.