🏢 CAPÍTULO 17: Trajes Ejecutivos y Viejas Rutinas
La vida en la nueva ciudad se tiñó de una rutina madura y extrañamente divertida. Elizabeth y Matías compartían el departamento en perfecta sintonía, aunque Matías era un completo loquillo; la casa siempre estaba llena de movimiento y cada día llegaba un chico nuevo diferente a visitarlo, llenando el lugar de risas y anécdotas. Elizabeth, por su parte, había conseguido empleo en una pequeña empresa local. Se sentía tranquila, en un estado de paz mental que no cambiaba por nada. Aunque seguía sin tener una relación amorosa ni buscarla, esa estabilidad era su mayor tesoro.
Todos los días salía de la oficina luciendo un impecable traje ejecutivo. A pesar de la formalidad del trabajo, Elizabeth no había perdido su esencia: mantenía su larga cabellera rubia bien cuidada, caminaba con orgullo haciendo relucir su colita respingona y mostraba con total naturalidad las curvas que Dios le había dado. Era una mujer imponente y segura de sí misma.
Un día cualquiera, al salir del trabajo, el pasado volvió a materializarse frente a ella. De la nada, apareció Gerardo. Estaba exactamente igual a como lo recordaba: con esa sonrisa blanca y perfecta que años atrás la había enamorado perdidamente, y esos ojos oscuros fijos en ella. Al verla, Gerardo no lo pensó dos veces; corrió hacia ella, la tomó en brazos levantándola con una sola mano debido a su fuerza militar y dio varios giros en el aire. Elizabeth soltó una carcajada limpia, provocada puramente por el susto, la impresión del momento y esa típica forma de saludar que él siempre había tenido.
Sin embargo, había una diferencia abismal con los años de la adolescencia: esta vez, su corazón no latió por él. No hubo vuelcos en el estómago ni nerviosismo. Absolutamente nada.
Gerardo la bajó y la miró con respeto. Le explicó que ahora estaba destinado en esa misma ciudad por motivos de trabajo y le hizo una propuesta sincera. Le pidió que se juntaran como amigos, aclarándole de inmediato que no esperaba nada más con ella porque sabía perfectamente que Elizabeth jamás le daría otra oportunidad amorosa. Ella, viendo que ya no quedaba rencor en su alma, aceptó.
A partir de entonces, comenzaron a salir de forma casual. Armaron un excelente grupo integrado por los amigos militares de Gerardo, Matías y Elizabeth. La mayoría de los chicos del grupo tenían novias estables, lo que generó un ambiente sano donde la confianza, el respeto y la camaradería predominaban. Elizabeth se sentía cómoda, disfrutando de la vida nocturna sin presiones.