🏢 CAPÍTULO 22: Fuera de Servicio
Elizabeth sostuvo la mirada fija, sin pestañear. Clavó sus ojos miel directo en las pupilas verdes de Alexander y respondió con una voz firme, pausada, sin necesidad de levantar el tono, pero con una autoridad civil que cortó el ambiente como un cuchillo.
—Lo que haya pasado en mi vida es algo que a usted no le interesa, capitán —soltó Elizabeth, manteniendo una calma letal—. Déjeme hacerle una pregunta: ¿hace cuánto tiempo está usted a cargo de los chicos?
Alexander la miró con una ceja arriba, sorprendido por el interrogatorio.
—Seis meses —respondió él de forma escueta.
Elizabeth desvió la mirada un segundo hacia Gerardo y luego volvió al capitán.
—¿Y esto pasó hace...? Mírame, Gerardo, ¿diez años? Sí, diez años atrás. Así que si usted va a venir aquí a sacar su cargo a relucir por cosas que no le corresponden, yo no vengo más. Porque en el momento en que entramos a este lugar, nuestros trabajos y uniformes quedan fuera. Aquí no.
Los militares de la mesa contuvieron el aliento. Nadie, absolutamente nadie en el regimiento, se habría atrevido a hablarle así al capitán Ferguson. Pero Elizabeth no era militar; ella no vestía uniforme ni le debía respeto como si fuera su jefe. Era una mujer independiente que exigía su espacio y el respeto a su privacidad.
Alexander guardó silencio, asimilando el golpe moral. El gran brazo que mantenía sobre el asiento de Elizabeth no se movió, pero la tensión en sus músculos cambió. Lejos de estallar en ira por la insubordinación de una civil, una sonrisa apenas perceptible, cargada de un profundo respeto y fascinación, amenazó con dibujarse en la comisura de sus labios. Había encontrado a una mujer que no se arrodillaba ante su rango, y eso, para el capitán Ferguson, era el desafío más peligroso y atractivo que había enfrentado en años.