⚓ CAPÍTULO 26: Para Mí Sí
Elizabeth sintió el cambio en la atmósfera antes de verlo. No necesitó darse la vuelta para saber quién estaba detrás de ella; el costoso y masculino perfume amaderado, mezclado con el sutil olor a tabaco, la envolvió por completo. Sin embargo, no se congeló ni detuvo su ritmo. Siguió bailando con una sensualidad natural, disfrutando del poder que tenía en ese instante.
Alexander dio un paso más. Sus grandes manos, firmes y cálidas, se posaron con autoridad sobre las anchas caderas de Elizabeth, guiando suavemente el compás y apegando el cuerpo de ella contra el suyo. La diferencia de tamaños era abismal, pero la sincronía entre ambos era perfecta. Comenzaron un juego de seducción difícil, silencioso y electrizante, donde cada roce se sentía como una descarga de alto voltaje en medio del ruido del bar.
Aprovechando un cambio de ritmo en la música, el capitán se inclinó sobre su oído, dejando que su respiración profunda acariciara su cuello pecoso.
—Yo no soy cualquiera... —le susurró Alexander con una voz ronca y cargada de una tremenda seguridad.
Elizabeth sonrió con audacia en la penumbra. Con un movimiento fluido y felino, se dio la vuelta para quedar frente a frente con él. Deslizó sus brazos alrededor del cuello del capitán, entrelazando sus dedos detrás de su nuca, atrapándolo en su espacio personal. Así, pegados, continuaron bailando en un salvaje desafío de miradas; los ojos miel de ella fijos en las pupilas verdes de él, midiendo fuerzas sin emitir una sola palabra.
Entonces, Elizabeth decidió dar el golpe final. Usando la fuerza de sus brazos entrenados por años de gimnasia y acrobacias, tiró del cuello de Alexander hacia abajo, obligando al imponente militar a doblegar su gran estatura para quedar a su altura. Sus rostros quedaron a milímetros de distancia. Elizabeth contuvo el aliento, rozando deliberadamente sus labios contra los de él en una caricia tortuosa y fugaz que hizo que el capitán entornara los ojos, completamente sometido a la expectativa de un beso.
Pero el beso nunca llegó.
—Para mí sí —le susurró Elizabeth con una voz suave y letal directo en los labios.
Antes de que Alexander pudiera reaccionar o atraparla entre sus brazos, Elizabeth soltó el agarre de su cuello, se deslizó con agilidad entre la multitud de la pista y se alejó con paso firme y elegante hacia la mesa. Dejó al imponente capitán Ferguson completamente solo, estupefacto y ardiendo en mitad de la pista de baile, demostrándole de la manera más cruda que ella no era una conquista más en su historial militar, sino la mujer que manejaba el juego a su antojo.