⚓ CAPÍTULO 30: El Muro de Hielo
Alexander Ferguson, sumamente perceptivo, notó el cambio drástico en la energía de Elizabeth. Vio cómo sus ojos miel se transformaban en dos témpanos de hielo y cómo su cuerpo se tensaba por completo ante la recién llegada. El capitán desvió sus intensos ojos verdes hacia Soledad, evaluándola con la frialdad y el análisis de un estratega militar, dándose cuenta de inmediato de que esa mujer representaba una amenaza directa para la paz de la joven.
—Hola, Soledad —respondió Elizabeth con una voz tan gélida y cortante que habría hecho retroceder a cualquiera, pero Soledad siempre había sido experta en ignorar los límites.
—¡Ay, qué alegría verte después de tanto tiempo! Te perdí la pista por completo cuando te fuiste del sector —dijo Soledad, dando un paso al frente e intentando acercarse, mientras su mirada se fijaba con evidente ambición y lascivia en la imponente figura del capitán Ferguson, quien seguía sentado al lado de Elizabeth—. Veo que sigues rodeada de hombres guapos... ¿No me vas a presentar a tu amigo?
Elizabeth soltó una risa amarga por dentro. El lema de Soledad seguía intacto en sus venas: ver lo que Elizabeth tenía y desear arrebatárselo para alimentar su propio ego. Sin embargo, Elizabeth ya no tenía catorce años. Miró a Alexander, luego a Soledad, y se preparó para jugar sus cartas con la madurez de sus veinticuatro años, decidida a no permitir que la sombra de su pasado arruinara el presente que tanto le había costado construir.