⚓ CAPÍTULO 32: El Castigo del Orgullo
Alexander Ferguson reaccionó de inmediato. Al ver el dolor camuflado de orgullo en los ojos miel de Elizabeth y comprender la clase de monstruo del pasado que acababa de aparecer, el capitán se puso de pie con toda su imponente estatura, ignorando por completo la presencia de Soledad. Intentó alcanzar el brazo de Elizabeth para detenerla.
—Eli, voy contigo —le dijo Alexander con su voz ronca, usando su nombre de pila con una urgencia que nunca antes había mostrado—. No me interesa conocer gente nueva. Quédate.
Elizabeth detuvo el paso, pero no dio su brazo a torcer. Clavó su mirada en los ojos verdes del capitán y, recordando la conversación que habían tenido apenas unos minutos antes sobre "dar oportunidades", le devolvió sus propios argumentos convertidos en un arma de hielo.
—No —le respondió Elizabeth con una sonrisa letal—. Quédate aquí y conócela. ¿No tenías intenciones de conocerme a mí? Te aseguro que Soledad es mucho más de tu tipo.
Sin darle tiempo a replicar ni a dar una sola explicación, Elizabeth se dio la vuelta, acomodó su chaqueta de cuero negra y caminó con paso firme hacia la pista de baile, buscando el refugio incondicional de Matías. Dejó al capitán Alexander Ferguson completamente solo en la barra, atrapado junto a una incómoda Soledad, ardiendo de furia y frustración por haber sido castigado con sus propias palabras, y dándose cuenta de que recuperar la confianza de la rubia ejecutiva iba a ser la misión más difícil de toda su carrera militar.