⚓ CAPÍTULO 37: Las Cartas del Capitán
Alexander Ferguson sostuvo la mirada de Elizabeth, manteniendo una cercanía física que hacía que el ruido del bar pareciera desaparecer. El capitán respiró hondo, modulando su voz ronca con una seriedad que caló hondo en los ojos miel de la joven.
—Tengo más de treinta años, Elizabeth —sentenció él, con una firmeza implacable—. Nunca jugué con las mujeres y nunca lo haré. Sé que puedes tener prejuicios por lo que pasaste en tu juventud, aunque no sé más de tu historia, pero no puedes compararme con los demás. No me conoces, no sabes nada de mí, pero me cuestionas apenas me ves. Me cerraste todas las puertas para que nos podamos conocer. ¿Por qué? ¿Por algo que pasó hace diez años? Tú misma dijiste hace un momento que eso era parte del pasado, pero me lo estás restregando en el presente.
Elizabeth contuvo el aliento, sintiendo cómo cada una de las palabras de Alexander desarmaba una a una las piezas de su armadura ejecutiva. Él no le estaba exigiendo sumisión; le estaba exigiendo justicia, demandando que lo viera a él, al hombre real, y no al fantasma de Gerardo o a las intrigas de Soledad.
—Si realmente quieres saber cómo soy, conocerme y ver de verdad quién soy, te espero mañana en el restaurante de la avenida a las siete de la noche —le lanzó el capitán, poniéndole un ultimátum definitivo—. Si no llegas, no insistiré más. Aceptaré tu decisión y me retiraré como el hombre que soy. Pero si tienes algo de interés en mí, llegarás y nos conoceremos. Con el tiempo diremos si funcionamos como pareja o no... pero es una decisión tuya. Solo tuya.