⚓ CAPÍTULO 40: Fe en la Mesa Siete
Cuando Elizabeth cruzó las puertas del restaurante, el reloj marcaba casi las siete de la noche. El lugar tenía una atmósfera íntima, con luces cálidas y música suave de fondo. Recorrió el salón con la mirada y lo divisó de inmediato en una de las mesas del fondo.
Alexander Ferguson ya estaba allí. No vestía su uniforme militar, pero su imponente contextura física y sus ojos verdes lo hacían destacar sobre cualquiera. Frente a él, sostenía una copa de vino tinto con parsimonia. En cuanto vio aparecer la silueta rubia de Elizabeth, una chispa de alivio y triunfo brilló en sus pupilas. Se puso de pie con toda su gran estatura de inmediato y, con una caballerosidad impecable, le abrió la silla para que ella se sentara.
—Hola —dijo Elizabeth, rompiendo el hielo mientras se acomodaba en su asiento.
—Ya pedí la cena —anunció Alexander, sentándose frente a ella con una media sonrisa—. Espero que no te moleste.
Elizabeth lo miró fijamente a los ojos, apoyando los codos en la mesa y levantando levemente una ceja, recuperando su habitual picardía ejecutiva.
—¿Sabías que vendría? —preguntó ella, desafiándolo con la mirada.
—No... —admitió el capitán con su voz ronca y pausada, sosteniéndole la mirada con total honestidad—. Pero tenía fe en que sí lo harías.
—Me costó un poco decidirme, la verdad —confesó Elizabeth con una sonrisa honesta, dejando caer sus defensas por primera vez—. Si no fuera por Mati y los planes que ya tenía organizados para esta noche... mmmm —añadió, soltando una risa nerviosa que delató lo mucho que le importaba estar allí.
Alexander se reclinó en su asiento, clavando sus ojos verdes en el rostro pecoso de Elizabeth con una ternura inmensa que la desarmó por completo.
—Bueno... entonces tendré que darle las gracias formalmente a Matías en cuanto lo vea —dijo el capitán con voz suave.
El mozo se acercó en ese instante a servir el vino para Elizabeth, dando inicio formal a una velada donde las máscaras del bar y los rangos de los Marines quedaron completamente fuera. En esa mesa, Elizabeth de veinticuatro años estaba empezando a escribir una historia nueva, libre de los dolores de su adolescencia y lista para descubrir al hombre real detrás del imponente capitán.