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? CAPÍTULO 42: Las Cicatrices de Alexander

🌊 CAPÍTULO 42: Las Cicatrices de Alexander

Finalmente, la caminata los llevó hasta una banca de madera ubicada en un paseo peatonal justo frente al mar. Se sentaron uno al lado del otro, contemplando el ir y venir de las olas en la penumbra. Fue allí, con el sonido del océano de fondo, donde comenzó la verdadera revelación.

Alexander se giró sutilmente hacia ella, metiendo la mano en el bolsillo de su chaqueta.

—¿Te molesta si fumo? —preguntó con educación.

—No, para nada —respondió Elizabeth, acomodándose en el asiento.

El capitán encendió el cigarrillo con parsimonia, la luz de la llama iluminó por un segundo sus intensos ojos verdes antes de que el humo se disipara en el viento marino. Dio una calada profunda, fijó la mirada en el horizonte oscuro y, con una voz ronca que arrastraba un peso de muchos años, comenzó a desnudar su alma.

—Antes de entrar a los Marines, yo vivía con mis padres —confesó Alexander, rompiendo el silencio—. En la actualidad ellos están separados, pero mi infancia fue un infierno. En mi vida vi a mi papá con muchas mujeres... El desgraciado se paseaba delante de mi mamá con ellas, sin el más mínimo respeto. En mi casa viví una violencia terrible. Mi papá le pegaba a mi mamá de forma constante, y ella, por miedo a lo que pudiera pasarme a mí, no hacía nada y aguantaba los golpes en silencio. Ella no trabajaba, así que solo vivíamos con lo poco que mi padre nos daba, pero nunca alcanzaba para nada.

Elizabeth se quedó completamente inmóvil, con el corazón encogido en el pecho, escuchando el desgarrador relato del hombre que todos consideraban invencible. Alexander continuó, con la mandíbula tensa debido al recuerdo:

—Comencé a trabajar desde que era muy joven, haciendo lo que pudiera para ayudar a mi madre y traer algo de dinero a la casa. Hasta que un día... llegué de trabajar y encontré a mi mamá tirada en el suelo de la sala, rodeada de sangre. Mi papá estaba ahí mismo, con otra mujer metida en la casa, como si nada pasara. Me congelé del horror. Pero al ver a mi madre en ese estado, reaccioné. Llamé a la policía de inmediato. A él lo arrestaron esa misma noche y a mi mamá se la llevó una ambulancia al hospital de urgencia. Desde ese día... no he vuelto a ver a mi padre. A mi mamá la ayudaron mucho las trabajadoras sociales y finalmente se divorció. Logramos que un juez le impusiera a mi padre una manutención vitalicia por todos los años de maltrato y sufrimiento que le causó.

Alexander dio una última calada a su cigarrillo, manteniendo la vista fija en las olas, dejando ver por primera vez al niño herido que se escondía detrás de los galones de capitán. Elizabeth comprendió en ese instante absoluto por qué Alexander Ferguson aborrecía con tanta furia la traición y el maltrato hacia una mujer; él había sido forjado en el dolor de un hogar roto por la infidelidad y el abuso, volviéndose un protector implacable de la dignidad.




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