🏢 CAPÍTULO 44: Espejos en la Arena
Elizabeth desvió la mirada hacia el vaivén de las olas, sintiendo que la honestidad de Alexander la llamaba a derribar el último muro de su propia fortaleza. Inspiró el aire salado y se abrazó a su chaqueta de cuero negra, lista para compartir su propia verdad.
—Es difícil salir de ahí, Alex... —susurró Elizabeth con la voz pausada—. Lo sé perfectamente. Cuando yo tenía catorce años, conocí a Gerardo. Mi familia siempre ha sido muy unida, pero yo nunca sentí que encajara en ninguna parte. Siempre me mantuve un poco al margen de ellos, sintiéndome sola en un mundo lleno de gente. Entonces, cuando Gerardo apareció en mi vida, encontré en él la protección, el refugio y el cariño que tanto estaba buscando. Estuvimos cuatro años juntos.
Alexander se tensó sutilmente en la banca al escuchar el nombre de Gerardo, pero no la interrumpió; la escuchó con una atención absoluta.
—Pero un día lo descubrí en una cueva en las rocas, con mi supuesta mejor amiga de la infancia, teniendo sexo —continuó Elizabeth, manteniendo una calma y una dignidad que demostraban cuánto había sanado—. Lo que él te dijo en la barra es real: su justificación fue que, como yo nunca quise acostarme con él en ese entonces, tenía que buscar por otro lado para saciar sus necesidades. Es muy difícil recuperarte, Alex, cuando tú entregas todo lo que tienes, tu amor puro y tu confianza, y de la noche a la mañana te lo destruyen todo. Es un proceso doloroso... pero es un proceso que tienes que pasarlo para transformarte en quien eres hoy.