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?️ CAPÍTULO 46: La Promesa de los Marines

🎖️ CAPÍTULO 46: La Promesa de los Marines

Sin embargo, la vida militar tiene sus propias reglas, crueles y repentinas. En la última salida que tuvieron, el ambiente se tiñó de una seriedad aplastante. Alexander miró a Elizabeth con una mezcla de tristeza y firmeza en sus ojos verdes, y le soltó la noticia que le congeló la sangre.

—Mi pelotón está siendo enviado a una misión peligrosa, Eli —confesó el capitán, sosteniéndole las manos—. Nos vamos en tres días. Si todo sale bien, estaremos fuera tres meses... o seis meses a más tardar.

Elizabeth sintió un nudo violento en el estómago. La preocupación y el miedo la invadieron de golpe, pero Alexander, por motivos de seguridad nacional, no podía darle mayor información sobre el destino.

—¿No nos podremos comunicar? —preguntó ella con una evidente tristeza en los ojos miel. Por fin estaba comenzando a sentir algo real y profundo por él, y el destino amenazaba con arrebatárselo.

—Solo por cartas —explicó el capitán de forma escueta—. Aún no sé la dirección exacta a donde llegaremos, pero en cuanto me establezca te escribiré. Ahí sabrás a dónde responder... si es que quieres seguir sabiendo de mí.

La velada terminó y Alexander la llevó de regreso a su edificio. Al estacionarse frente al recinto, el capitán sentía un nudo tan grande en el estómago que se le hacía imposible dejarla ir; no quería despedirse. Al notar su angustia, Elizabeth tomó la iniciativa. Lo tomó con firmeza de la mano y lo hizo subir con ella hasta el departamento.

Una vez adentro, Elizabeth se perdió por unos segundos en su dormitorio. Regresó a la sala sosteniendo una fotografía suya reciente y un pequeño peluchito que había impregnado minuciosamente con su propio perfume.

—Para que te lo lleves y me recuerdes allá donde vayas —le dijo, entregándole los detalles.

Alexander la abrazó con un cariño incontenible. Se inclinó y le dio un beso en la frente, batallando internamente con sus propios impulsos.

—Tengo tantas ganas de besarte en los labios... —le confesó él con la voz ronca, conteniéndose—. Pero no lo haré. Me aguantaré hasta regresar de la misión. Quiero que sea perfecto.

El capitán hizo el amago de separarse para marcharse, pero Elizabeth no se lo permitió. La mujer audaz, la gimnasta y porrista experimentada que habitaba en ella, tomó el control absoluto de la situación. Dio un salto ágil, enrolló sus piernas con fuerza alrededor de las anchas caderas de Alexander y lo sujetó firmemente por los muslos. El capitán la sostuvo en vilo con sus poderosos brazos, completamente sorprendido.

Elizabeth se inclinó y lo besó en los labios. Fue un beso cargado de una pasión salvaje, de cariño desbordante, de miedo a la pérdida y de una entrega absoluta que los dejó sin aliento en mitad de la sala. Se besaron rompiendo cualquier distancia, impregnándose del olor del otro en medio de la sala.

—Eso es para que me recuerdes... y para que regreses —le susurró Elizabeth al separarse apenas unos milímetros, mirándolo fijo a los ojos verdes.

Alexander, con las pupilas completamente dilatadas por el impacto del beso y la promesa implícita en sus labios, la volvió a besar con un ímpetu aún mayor, devorando su boca con una desesperación hermosa.

—Volveré... —le juró el capitán entre besos cortos, profundos y urgentes contra sus labios—. Volveré porque ahora tengo una razón real para volver. Volveré por ti, Elizabeth




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