🐍 CAPÍTULO 48: Brindis de Hipocresía
—Hagamos un brindis por ellos —propuso una de las mujeres esa noche, levantando su copa con los ojos empañados—. Para que regresen sanos y salvos a casa.
Todos en la mesa chocaron sus vasos en un pacto silencioso de fe y esperanza. Justo en ese instante de vulnerabilidad y unión, una presencia desagradable interrumpió el círculo. Soledad apareció de la nada, con su habitual sonrisa forzada y esa mirada calculadora que Elizabeth conocía tan bien. Sin pedir permiso, estiró su propia copa y se metió en el centro de la mesa.
—¡Salud por ellos! Y en especial por Gerardo... mi exnovio —soltó Soledad con descaro, queriendo marcar un territorio que ya no le pertenecía.
El silencio que cayó sobre la mesa fue gélido. Las mujeres del grupo, que ya conocían perfectamente la historia de Elizabeth y el desprecio con el que el mismo capitán Ferguson había tratado a Soledad en la barra semanas atrás, la miraron con un desagrado absoluto. Ninguna le devolvió la sonrisa.
—Bueno —soltó una de las novias de los Marines, dejando su vaso en la mesa con un golpe seco y mirándola de arriba abajo—. Ya brindaste. Ahora te puedes ir.
Soledad parpadeó, desconcertada por la hostilidad directa del grupo.
—¿Disculpa? —reclamó Soledad, intentando mantener su postura—. Aquí solo estamos compartiendo...
—Aquí solo estamos amigas —la cortó otra de las costumbres con firmeza—, y tú no eres amiga de ninguna de las que está sentada en esta mesa.
—Oh, claro que lo soy. Soy amiga de Elizabeth, nos criamos juntas —mintió Soledad con una risa forzada y nerviosa, buscando la mirada de la rubia ejecutiva para salvarse de la humillación.
Elizabeth la miró fijamente a los ojos, sin una pizca de duda o debilidad en su rostro pecoso. Sostuvo la barbilla en alto y, con la madurez de sus veinticuatro años, le dio el golpe definitivo frente a todas.
—No, Soledad —sentenció Elizabeth con una voz clara y fría—. No lo eres. Hace mucho tiempo que dejaste de ser mi amiga.
—Ya escuchaste —remató otra de las chicas del grupo, señalando el pasillo—. Te puedes largar.
Soledad se quedó de una pieza, con el rostro descompuesto por la furia y la vergüenza al verse completamente acorralada y rechazada por un grupo de mujeres que protegían a Elizabeth como a una hermana. Sin poder decir una sola palabra más, dio la media vuelta y se fue enojadísima de ese sector del bar, buscando refugio con otros conocidos en el fondo del local.
Elizabeth respiró hondo y miró a sus compañeras de mesa. Por primera vez en su vida, ante una provocación de Soledad, no se sintió sola ni desamparada. Tenía una nueva vida, una lealtad incondicional a su alrededor y la certeza de que el amor de Alexander la estaba esperando en alguna parte del mundo.