🏢 CAPÍTULO 49: El Grito en el Pasillo
Pasó poco más de un mes desde la partida del pelotón. La vida en la nueva ciudad pareció de nuevo en una tensa calma, regresando a la rutina monótona que Elizabeth tenía antes de que el capitán Ferguson irrumpiera en su mundo. Iba a la empresa en su traje ejecutivo, entrenaba duro por las tardes para agotar la ansiedad y compartía los viernes de espera con las demás novias de los Marines. Sin embargo, el vacío en su pecho seguía intacto, y sus ojos miel se desviaban inevitablemente hacia el buzón del edificio cada mañana.
Todo cambió de golpe un martes por la tarde. Elizabeth regresaba del trabajo, cansada tras una larga jornada en la oficina. Apenas introdujo la llave en la cerradura y empujó la puerta del departamento, Matías apareció en el pasillo corriendo como un completo loco, saltando y gritando a todo pulmón con los ojos abiertos de la emoción.
—¡Llegó, llegó, llegó! —exclamaba Matías, agitando las manos en el aire.
Elizabeth dejó caer su bolso al suelo, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento dentro del pecho. Una corriente de adrenalina pura le recorrió la espina dorsal.
—¡¿Qué llegó, Mati?! ¡Habla ya! —exigió ella, con la respiración entrecortada.
Matías se detuvo frente a ella y, con una sonrisa enorme de complicidad, sacó de detrás de su espalda un sobre blanco texturizado, adornado con sellos oficiales y la inconfundible caligrafía del frente militar. Era la carta de Alexander. Elizabeth soltó las llaves, se olvidó de la formalidad de su traje ejecutivo y corrió hacia el sillón de la sala. Se sentó de golpe, con las manos temblorosas por la emoción, y rompió el sobre con delicadeza, ansiosa por devorar las palabras del hombre que la había hecho volver a creer en el amor.