💌 CAPÍTULO 54: Las Dos Mujeres del Capitán
Con manos temblorosas, la madre de Alexander rasgó el sobre y desplegó la hoja de papel. Se sentó en el sofá junto a Elizabeth y, conteniendo el aliento, comenzó a leer las palabras de su hijo en voz alta, permitiendo que la voz ronca del capitán Ferguson inundara la sala a través de su lectura:
MADRE MÍA:
¿Cómo está una de las mujeres más importantes de mi vida? Sé que la otra mujer importante tiene que estar a tu lado en este preciso momento leyendo esto... aunque no se lo digas directamente. Yo estoy muy bien, mamá. Todos en el pelotón estamos bien, gracias a Dios. Aquí solo tenemos permitido enviar una sola carta a la semana, así que decidí escribirles a las dos juntas en este mismo sobre.
Te quiero mucho, mamá. Cuídate mucho por mí, por favor. Sal un poco de la casa, no te hará nada mal respirar otro aire y distraerte.
Te quiero, mami. Tu hijo,
ALEX.
Al terminar la lectura, el silencio de la sala se llenó con el sonido de los sollozos. Ambas mujeres estaban llorando, profundamente conmovidas por la ternura y la devoción del imponente marine que, en medio de una misión peligrosa en el fin del mundo, solo pensaba en protegerlas y unirlas. Elizabeth sintió que las últimas barreras de su corazón se derretían por completo; Alexander la estaba poniendo al mismo nivel que a su madre, el ser más sagrado de su vida.
La madre de Alex se secó las lágrimas con un pañuelo y, con una sonrisa radiante en los ojos verdes, tomó papel y bolígrafo para comenzar a responderle a su hijo de inmediato, sin perder un solo segundo. Elizabeth la observaba con ternura mientras la mujer escribía con el alma:
«Hijo mío, te amo con todo mi corazón. Por favor, regresa con bien a casa, que aquí te estamos esperando. Déjame decirte que Elizabeth es una chica sumamente hermosa y se nota desde lejos que te quiere de verdad. Tienes que hacer las cosas bien con ella, jovencito, porque si se te llega a escapar por alguna estupidez tuya, ten por seguro que yo me voy a enojar muchísimo contigo. Te amo, mamá».
La tarde se pasó volando entre tazas de café, confidencias y risas. Conversaron largo y tendido, compartiendo el peso de la espera y tejiendo una complicidad hermosa que a la madre de Alex le devolvió la vida y el brillo en los ojos. Al despedirse en la puerta, el lazo ya era inquebrantable. Quedaron de acuerdo para el día siguiente, sábado, para comer juntas en el departamento de Elizabeth junto a Matías, sumando al loquillo de su amigo a este nuevo y hermoso círculo familiar. Elizabeth caminó de regreso a casa sintiendo que el vacío que la había acompañado desde los catorce años se había llenado por completo; ahora tenía una suegra que la adoraba, un amigo incondicional y un amor puro que cruzaba el océano en forma de cartas.