🪖 CAPÍTULO 63: El Peso del Silencio
La respuesta de Mamá Olga no hizo más que confirmar los peores temores de Elizabeth. En su casa tampoco había llegado nada; no había cartas, ni notificaciones, ni la menor señal de vida del frente militar. Ese día, el peso del silencio los aplastó a los tres. Se quedaron reunidos en la sala de Olga, abrazados, llorando en un dolor compartido que no encontraba consuelo, devorados por la incertidumbre de no saber si el hombre que amaban seguía respirando al otro lado del océano.
Llegó el fin de semana y luego el lunes, pero ninguno de los tres pudo pegar un ojo. Las noches se volvieron eternas, habitadas por fantasmas y el tic-tac ensordecedor del reloj. Elizabeth iba a la empresa en piloto automático, vistiendo su traje ejecutivo como una armadura vacía; Matías no hacía bromas y Mamá Olga permanecía pegada a la ventana. El mundo parecía haberse detenido a la espera de una sola palabra, de una mínima noticia que les devolviera el alma al cuerpo.
El martes por la tarde, al terminar la jornada laboral, Elizabeth salió de la oficina. Afuera, la temperatura de la ciudad se sentía un poco más cálida, anunciando el tímido final del invierno, pero ella caminaba con el corazón completamente frío, sumergida en una neblina de angustia. Avanzaba arrastrando los pies hacia su edificio, con la mirada fija en el suelo, rogándole a la vida que la agonía terminara de una vez por todas.