🌻 CAPÍTULO 65: El Milagro en la Cocina
—Y yo esperé por ti —respondió Elizabeth con una ternura infinita, mirándolo a esos ojos verdes que ahora brillaban con alivio.
Entre los dos cargaron los pesados bolsos militares y subieron por el ascensor hacia el departamento. Alexander caminaba cansado, pero con la mirada fija en ella, sin imaginarse la enorme sorpresa que encontraría al cruzar el umbral. Al abrir la puerta, el capitán Ferguson se quedó completamente mudo, petrificado en la entrada.
Allí, en la cocina, estaba su madre. Pero no era la mujer temerosa y deprimida que él había dejado seis meses atrás, encerrada entre cuatro paredes. Mamá Olga estaba ahí cocinando, riendo, cantando y jugando con Matías con una soltura que Alexander jamás le había conocido.
—¡Mamá! —soltó él con la voz entrecortada.
Mamá Olga se dio vuelta bruscamente. Al ver a su hijo con el uniforme desgastado, soltó los utensilios y corrió a toda prisa a abrazarlo. Alexander la recibió en el aire con un amor monumental, rompiendo a llorar con un llanto profundo al sentir el cuerpo de su madre cambiado, renovado y lleno de una fuerza completamente diferente. Lloraron los dos juntos en mitad de la sala, fundidos en un abrazo que borraba años de sufrimiento familiar. Al separarse, las lágrimas inundaban el rostro de todos los presentes.
Alexander se secó los ojos, miró a Matías y caminó hacia él. Ante la mirada sorprendida del loquillo, el imponente capitán le dio un abrazo fuerte, un abrazo de oso, sincero y cargado de un respeto inmenso.
—Hermano... —le dijo Alexander con su voz ronca—. ¿Cómo estás?
Esa sola palabra, "hermano", desarmó a Matías por completo. Por primera vez en su vida, alguien que no fuera Elizabeth lo abrazaba con un cariño tan puro, tratándolo como a un igual y preocupándose genuinamente por él. Las heridas del rechazo de sus propios padres sanaron un poco en ese instante.
—Estoy bien... —respondió Matías con la voz quebrada por la emoción—, ahora que estás aquí, estoy bien.
Mamá Olga, con una vitalidad radiante, tomó el control de la casa y se limpió las lágrimas con una sonrisa.
—Eli, prepárate el baño para Alex, para que se saque esa ropa mugrienta de la misión y se cambie. Después viene a comer. Yo iré a comprar algunas cosas ricas para celebrar la llegada de mi hijo como corresponde... ¿Me acompañas, Mati?
Ver a su madre arreglarse el cabello, tomar su bolso y salir a la calle a comprar como si nada, dejó a Alexander completamente descolocado. Fue ahí donde Elizabeth, tomándolo de la mano con dulzura, le contó en voz baja todos los hermosos cambios que Mamá Olga había logrado gracias a la convivencia y al apoyo incondicional que se habían dado entre los tres durante su ausencia. El capitán miró a Elizabeth con una admiración sagrada; ella había salvado a su madre.