🛏️ CAPÍTULO 68: La Entrega de la Pureza
En el milisegundo en que el pestillo de la puerta principal se cerró, el silencio del departamento se volvió intensamente eléctrico. Alexander no esperó un segundo más; se giró hacia Elizabeth y la tomó con fuerza entre sus grandes brazos, levantándola del suelo con una sola mano. Ella, por puro instinto gimnasta, enrolló sus piernas firmemente alrededor de la cintura del capitán, colgándose de su cuello mientras él la guiaba a pasos agigantados directo hacia la cama de la habitación principal.
—Te extrañé demasiado, pecosa... —le susurró él con una voz ronca que arrastraba el deseo contenido de medio año de trinchera—. En ningún momento me saqué el osito que me diste, y tu foto sigue estando en mi credencial militar. Fuiste mi único motor allá afuera.
Sentados en el borde del colchón, ambos comenzaron a desvestirse con una lentitud tortuosa. No había espacio para la vergüenza, ni para el pudor, ni para las insecurities físicas que a Elizabeth le habían amargado la adolescencia. Solo existía un deseo mutuo, puro y salvaje por sentirse, por fusionar sus cuerpos tras haber estado al borde de la pérdida. Elizabeth se sentía tan inmensamente segura y protegida por la imponente contextura física de Alexander que sus miedos del pasado se evaporaron en el acto.
En medio de los besos profundos y los primeros gemidos que llenaban la penumbra del cuarto, Elizabeth se inclinó hacia su oído y le confesó un secreto que guardaba con recelo:
—Alex... es mi primera vez.
El capitán se detuvo por un instante, mirándola fijo a los ojos miel con un respeto monumental que le iluminó las pupilas verdes.
—Seré muy cuidadoso contigo, mi amor —le prometió él, modulando su voz con una ternura infinita.
Alexander la preparó con paciencia militar, con un amor desbordante y una delicadeza que Elizabeth jamás imaginó en un hombre tan rudo. Poco a poco, con movimientos suaves y pausados, fue entrando en ella, dándole el tiempo necesario para que su cuerpo se acostumbrara a su grosor y a su tamaño. En esa cama, bajo el calor de la noche, Alexander se llevó su pureza. Fue una entrega cargada de sentimientos reales, lenta y meditada, donde Elizabeth experimentó sensaciones físicas y espirituales que jamás en sus veinticuatro años había sentido.
El capitán la atesoró en cada movimiento. Con una devoción sagrada, memorizaba sus gestos, los sonidos de sus gemidos y la entrega de sus manos pecosas aferradas a sus hombros anchos, cuidando su dolor y celebrando su amor. Siguieron el compás en una sincronía perfecta hasta que ambos llegaron juntos al clímax en una explosión de placer y alivio. Quedaron tendidos en las sábanas, jadeando por el esfuerzo, pero con los labios unidos en un beso eterno, sabiendo que finalmente pertenecían el uno al otro en cuerpo y alma.