🌻 CAPÍTULO 72: La Nueva Gran Familia
Salieron del edificio tomados de la mano y se dirigieron a la casa de Mamá Olga, donde el olor a comida casera ya inundaba el vecindario. Al entrar, la madre del capitán y Matías los recibieron con los brazos abiertos y las mesas servidas, conteniendo el aliento al notar la radiante felicidad que desbordaba la pareja. Comieron entre risas, anécdotas y una camaradería hermosa que llenaba el comedor de una vitalidad única. Fue en mitad de la sobremesa cuando Alexander carraspeó la garganta, tomó la mano pecosa de Elizabeth sobre el mantel y dio la gran noticia con su habitual autoridad varonil.
—Muchachos... quiero informarles que este lunes pediré formalmente la autorización en el regimiento para casarme con Elizabeth. Nos vamos a casar.
El comedor estalló de inmediato en una algaría total. Mamá Olga dio un salto de alegría de su silla con los ojos verdes inundados de lágrimas de felicidad, mientras Matías gritaba y aplaudía como un loco, celebrando el triunfo del amor verdadero de su amiga. Sin embargo, en medio de la euforia de la organización de la boda, el loquillo miró a Elizabeth con una mueca divertida, dándose cuenta del cambio que se avecinaba.
—¡Ay, por Dios! Qué felicidad... pero esperen —soltó Matías, poniéndose una mano en la frente con drama—. Eso significa que me voy a quedar completamente solo en el departamento... ¿Qué voy a hacer ahora con mi vida sin mi Eli?
Mamá Olga miró al muchacho que la había rescatado de sus cuatro paredes y le sonrió con una ternura inmensa, dándole la solución perfecta que Elizabeth tanto anhelaba en el corazón.
—Te vienes a vivir conmigo a esta casa, Matías —le ofreció Mamá Olga con total seguridad—. Aquí hay espacio suficiente para los dos. Así nos acompañamos mutuamente y dejamos que los tortolitos se queden solos en el departamento mientras arreglan todos sus asuntos de casados. ¿Qué te parece?
Matías abrió los ojos de par en par y, con el corazón lleno de alivio y felicidad, aceptó la propuesta de inmediato, dándole un abrazo apretado a su nueva madre. A Elizabeth se le llenó el pecho de una alegría monumental; el sistema de apoyo perfecto estaba consolidado.
Terminaron el domingo de la forma más hermosa posible: reunidos los cuatro en el sillón de la sala de Olga, viendo películas y compartiendo cositas ricas. Elizabeth descansaba con la cabeza apoyada en el hombro de Alexander, sintiendo las caricias escondidas y protectoras de su capitán por debajo de la manta, sabiendo que la niña sola de catorce años finalmente había quedado en el olvido. Ahora era una mujer de veinticuatro años, amada, respetada y rodeada de la familia real que el destino le había regalado.