🐍 CAPÍTULO 74: Piedras Preciosas y Piedras Comunes
Pasó la semana y el viernes por la noche llegó con una energía eléctrica. El grupo de los viernes se reunió en el bar de siempre, pero esta vez la mesa estaba completa, vibrando con el bullicio de los Marines que celebraban su regreso. Elizabeth y Alexander llegaron tomados firmemente de la mano, desatando de inmediato las burlas cariñosas de los demás muchachos, quienes los acusaban entre risas de haber tenido el romance escondido durante todo ese tiempo. En una esquina de la mesa, Gerardo observaba la escena con un semblante serio y ensombrecido. Verlos reír, compartir miradas de complicidad absoluta y notar cómo Elizabeth miraba al capitán con la misma devoción y amor con la que antes lo miraba a él, le abrió una herida invisible en el pecho.
Aprovechando un brindis, Alexander alzó su vaso y dio la gran noticia con su imponente voz ronca.
—Muchachos... quiero que sepan que nos vamos a casar. Ya me entregaron la autorización oficial en la base.
La mesa estalló en vítores, risas y felicitaciones sinceras de parte de todo el pelotón. Gerardo se sumó a la celebración y fingió alegría frente a sus compañeros, pero por dentro el impacto le dolió de una forma que no sabía cómo explicar. Ver que la niña de catorce años a la que había traicionado se casaría con su superior directo, convertida en una mujer inalcanzable, le propinó el golpe de karma más duro de su vida.
Después de varias rondas de tragos, bromas y risas, Elizabeth se levantó para ir al baño. Al salir, en un pasillo oscuro que se sintió como un violento dejà vu del pasado, la sombra volvió a interponerse en su camino. Soledad estaba allí de pie, con los brazos cruzados y una mirada cargada de resentimiento.
—Vaya, vaya... así que celebrando tu compromiso —soltó Soledad con una sonrisa viperina—. A ver cuánto te dura el jueguito con el capitán, Elizabeth.
Elizabeth no dio un paso atrás. Sostuvo la mirada con una frialdad ejecutiva que demostraba que los fantasmas de la secundaria ya no tenían ningún poder sobre ella. Dio un paso al frente y barrió a su antigua amiga con una mirada de absoluto desprecio.
—Eres tan patética como siempre, Soledad —sentenció Elizabeth con una voz clara y fría—. Yo me voy a casar. Tengo a mi lado a una pareja de verdad que lo da absolutamente todo por mí... mientras que tú te vas a quedar completamente sola con tu propio veneno, muriéndote de la envidia porque jamás lograste lo que querías. Das pena, Soledad. Das lástima.
—¡Yo te lo voy a quitar! —le gritó Soledad, perdiendo los papeles por completo, con el rostro descompuesto por el odio—. Así como te quité a Gerardo en las rocas, te juro que a él también te lo voy a quitar.
Antes de que Elizabeth pudiera emitir palabra, la imponente y masiva figura de Alexander Ferguson emergió de la penumbra del pasillo, bloqueando la luz con su sola presencia. Sus ojos verdes centelleaban con una furia y un coraje militar que hicieron que Soledad se congelara por el terror en el acto. El capitán dio un paso al frente, resguardando a Elizabeth a sus espaldas, y sepultó a Soledad con una voz ronca que retumbó en las paredes del pasillo.
—Eso no va a pasar jamás... porque yo nunca cambiaría una piedra preciosa por una piedra común —sentenció el capitán Ferguson con un asco infinito—. Jamás en mi vida me rebajaría a tu nivel, infeliz.
Sin darle el menor espacio para respirar y dejando a Soledad completamente humillada, destrozada en su orgullo y derrotada en mitad del pasillo oscuro, Alexander tomó a Elizabeth de la cintura con firmeza protectora. Caminaron juntos de regreso a las luces del bar, dejando atrás el veneno del pasado para siempre. Elizabeth sonrió, apretando la mano de su esposo, sabiendo que la larga travesía de dolor finalmente había terminado. Ahora era libre, era amada, y su futuro al lado de su capitán apenas estaba comenzando.