💒 CAPÍTULO 75: El Velo y el Gran Secreto
El día del matrimonio finalmente llegó. Habían pasado exactos tres meses desde el regreso de Alexander Ferguson de su peligrosa misión, y la pareja no había querido esperar ni un solo día más para unir sus vidas. La ceremonia fue relativamente sencilla, pero cargada de una solemnidad imponente debido al rango militar de Alex, lo que obligó a invitar a algunos altos mandos de la base, además de los amigos del regimiento, la familia de Elizabeth y, por supuesto, las dos anclas de su nueva vida: Matías y Mamá Olga.
Elizabeth había tomado una decisión firme con respecto a su entrada al altar: no quería que su familia biológica la entregara. Nunca se había sentido parte de ellos, y en los momentos más oscuros de su adolescencia, nadie la había sostenido. Por eso, el honor más grande de la corte fue para Matías. El loquillo, vistiendo su mejor traje y con una sonrisa de orgullo que le iluminaba el rostro, la tomó del brazo con una lealtad incondicional.
Elizabeth caminaba radiante, luciendo un espectacular vestido color perla, de corte en A ligero. Era un diseño elegante que resaltaba sus curvas, pero que al mismo tiempo escondía un gran y hermoso secreto bajo los pliegues de las telas. Esa tarde, frente al altar, bajo la mirada enamorada y los intensos ojos verdes de su capitán, Elizabeth y Alexander sellaron su destino para siempre entre promesas de fidelidad y respeto.
Tras la ceremonia civil y militar, la celebración se llevó a cabo en el restaurante de la avenida, el mismo lugar de la mesa siete donde todo el romance maduro había comenzado. Fue una velada llena de risas, brindis sinceros del pelotón y una alegría desbordante que borraba de una vez por todas los fantasmas del pasado. Al terminar la fiesta, los recién casados se dirigieron al hotel donde pasarían la noche, ya que en algunas pocas horas saldrían rumbo a una merecida semana de luna de miel.
Una vez en la suite, la intimidad los envolvió por completo. Se entregaron nuevamente al amor y a la pasión, fundiendo sus cuerpos en una danza que ya no conocía de miedos ni de distancias. En medio de las caricias profundas, la entrega total y los gemidos que llenaban la habitación, Elizabeth se abrazó al cuello ancho de su capitán y le susurró al oído con una ternura infinita:
—Gracias, mi amor...
—¿Por qué me das las gracias, pecosa? —preguntó Alexander con su voz ronca, deteniéndose a milímetros de sus labios.
—Como contigo... descubriré lo que realmente es ser madre.
Alexander se quedó completamente mudo por un segundo, asimilando el gran secreto que el vestido corte en A había resguardado. Una ola de amor salvaje y devoción le inundó el pecho. No necesitó palabras; selló la boca de su esposa con un beso profundo, protector y cargado de una felicidad que no le cabía en el cuerpo, terminando esa noche bendecidos por la promesa de una nueva vida.