Donde el rayo no alcanza la niebla

Diez de la mañana también es madrugar

Diez de la mañana.

Para muchas personas, esa hora era sinónimo de productividad. Para Ariana Valentina Villalobos Rincón, era una falta de respeto.

—¿Quién inventó que esto es temprano? —murmuró, enterrando la cara en la almohada mientras el sol marabino se colaba sin pedir permiso por la ventana.

El calor ya estaba instalado en su cuarto como un huésped permanente. Ariana estiró una pierna fuera de la sábana, luego la otra, y finalmente se rindió. Con los ojos entrecerrados, tomó el celular de la mesa de noche.

10:03 a. m.

—Definitivamente es temprano —sentenció, arrastrándose fuera de la cama.

Caminó directo al baño, todavía medio dormida. Lo primero fue lo primero. Pipí. Luego, frente al espejo, se observó con cara de pocos amigos mientras se cepillaba los dientes. El cabello, rebelde como ella, parecía haber tenido una fiesta nocturna sin avisarle.

—Después hablamos —le dijo a su reflejo, amarrándose el cabello en una cola alta.

Al salir del baño, el olor inconfundible del desayuno la guio hasta la cocina. Ahí estaba: una arepa recién hecha, abierta por la mitad, con mantequilla derritiéndose lentamente y una generosa porción de queso blanco rallado. A su lado, un pocillo de café con leche humeante.

—Ahora sí vale la pena levantarse —dijo, sentándose a la mesa.

Frente a ella estaban sus padres. Su mamá, Elena, hojeando el celular, y su papá, acomodándose los lentes mientras tomaba café.

—Buenos días, dormilona —dijo su mamá sin levantar la vista.

—No es dormilona, es horario zuliano —respondió Ariana, dándole un mordisco a la arepa—. ¿Desde cuándo madrugan ustedes tanto?

Su papá sonrió de medio lado.

—Desde que tenemos una noticia que darte.

Ariana levantó la mirada, intrigada.

—¿Qué noticia?

Elena dejó el celular sobre la mesa y la miró con una sonrisa que ya venía cargada de emoción.

—Mañana nos vamos de vacaciones.

Ariana parpadeó.

—…¿Cómo que mañana?

—Mañana temprano —añadió su papá.

—Eso es una amenaza —dijo ella—. ¿A dónde?

Su mamá respiró hondo, como saboreando el momento.

—A Mérida.

El tiempo se detuvo.

—¿Mérida? —repitió Ariana, sintiendo cómo algo se le encendía por dentro—. ¿En serio? ¿Mérida, Mérida?

—La misma —asintió Elena—. Hace años que no vamos.

Ariana dejó la arepa en el plato, incapaz de ocultar la sonrisa.

—Hace muchísimo tiempo… —murmuró—. Yo era una niña.

—Exacto —dijo su papá—. Ya es hora de volver.

El resto del día pasó entre preparativos, maletas abiertas y discusiones sobre qué llevar y qué no. Ariana metió ropa ligera “por si acaso”, aunque sabía que en Mérida el frío no perdonaba. Su hermana mayor ayudaba a coordinar todo, mientras recordaban anécdotas de viajes pasados.

A la mañana siguiente, aún de noche, el carro arrancó rumbo a la carretera. Ariana iba en el asiento trasero, con audífonos puestos, observando cómo el paisaje iba cambiando poco a poco. El calor intenso del Zulia se transformaba en brisa, y luego en aire fresco. Montañas verdes, curvas interminables, neblina tímida apareciendo a lo lejos.

—Esto nunca deja de ser bonito —dijo ella en voz baja, pegando la frente a la ventana.

Llegaron a Mérida entrada la tarde. Primero dejaron las cosas en el lugar donde se quedarían: una posada acogedora, de madera y piedra, rodeada de árboles y silencio. Ariana se puso una chaqueta casi de inmediato.

—No estoy hecha para este clima —se quejó, frotándose los brazos.

—Dale tiempo —rió su mamá—. Mérida enamora.

Más tarde salieron a comer a un restaurante cercano. El olor a comida caliente y café recién colado llenaba el ambiente. Ariana observaba todo con atención, como si algo dentro de ella intentara reconocer ese lugar.

Fue entonces cuando sucedió.

—¿Elena?

La voz sorprendió a su mamá, que levantó la mirada de inmediato.

—¿Beatriz?

Las dos mujeres se quedaron mirándose un segundo… y luego se levantaron al mismo tiempo para abrazarse.

—¡No puede ser! —decía una. —¡Cuántos años! —respondía la otra.

Ariana observaba la escena sin entender nada.

—Mamá… ¿quién es? —preguntó en voz baja.

—Mi mejor amiga —respondió Elena con emoción—. De la universidad.

Beatriz sonrió al verla.

—Y tú debes ser Ariana… Dios mío, estás enorme.

Ariana frunció ligeramente el ceño.

—¿Nos conocemos?

—Claro que sí —respondió Beatriz—. Tú venías mucho por aquí cuando eras pequeña.

El corazón de Ariana dio un pequeño vuelco.

—¿En serio?

—Jugabas todo el tiempo con mis hijos —añadió Beatriz.

—¿Hijos? —repitió Ariana.

—Sí, mis gemelos.

Algo se removió en su pecho. Gemelos. Amigos de la infancia. Y, sin embargo… nada.

Nada en su memoria.

—Ellos se van a morir cuando sepan que volviste —dijo Beatriz, entusiasmada—. Tienen que venir mañana a la casa. Tenemos que hacer un reencuentro como se debe.

Ariana sonrió con educación, pero por dentro estaba completamente confundida.

Gemelos. Amigos. Infancia. Mérida.

De regreso a la posada, el paisaje nocturno parecía más misterioso. Ariana miraba por la ventana, pensativa.

¿Quiénes eran esos gemelos?
¿Por qué no recordaba nada?
¿Y por qué sentía esa extraña curiosidad, como si algo importante estuviera a punto de volver a su vida?

Se abrazó un poco más la chaqueta.

Tal vez Mérida no solo guardaba frío.
Tal vez guardaba recuerdos… y promesas que aún no entendía.

Nota de autor

Holis espero que le guste mi historia es la primera vez que publicó por aqui <3 delen mucho amor




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