Donde el rayo no alcanza la niebla

El Despertar de la Bruma

El sol de Maracaibo no pide permiso; entra por las rendijas de las persianas como un invasor decidido, calentando el aire incluso antes de que el reloj marque las ocho. Ariana se removió entre las sábanas de seda, sintiendo el peso del calor que ya empezaba a ganarle la batalla al aire acondicionado, el cual emitía un zumbido constante, casi musical. Estiró la mano con pereza, palpó su mesita de noche y desbloqueó el celular, entrecerrando los ojos por el brillo de la pantalla.

—Las diez de la mañana —murmuró con voz ronca, esbozando una sonrisa de satisfacción—. Qué orgullo, Ariana... hoy sí que madrugué.

Para Ariana Valentina Villalobos, una estudiante de ingenieria civil que pasaba noches enteras peleando con las matemáticas o simplemente perdiendo el tiempo en redes, levantarse antes del mediodía en vacaciones era prácticamente un deporte de alto rendimiento. Con la parsimonia de quien no tiene prisa, se levantó y se dirigió al baño. Cumplió con su ritual de aseo, cepillando su larga cabellera castaña que el salitre del Zulia siempre mantenía con un volumen rebelde, y se echó agua fría en el rostro para terminar de despertar.
Guiada por el aroma infalible del café recién colado y el sonido metálico de la sartén, llegó a la cocina. En la mesa, sus padres, Elena y Roberto, ya daban cuenta de sus propias arepas.

—Miren quién decidió honrar al mundo con su presencia antes de que el sol esté en el cenit —bromeó su padre, ocultando una sonrisa tras el periódico del día.

—A quien madruga, Dios lo ayuda, pa. Y yo hoy estoy bendecida —respondió ella con rapidez maracucha, sirviéndose un pocillo de café con leche espumoso. Se sentó frente a una arepa de maíz pelado, humeante, rellena de mantequilla y una generosa lasca de queso de mano que sudaba frescura.

—Bueno, qué bueno que tienes energías —dijo Elena, intercambiando una mirada cómplice con su esposo—, porque mañana a primera hora salimos para Mérida. Nos vamos de vacaciones, Ariana. Necesitamos un descanso de este horno.

Ariana casi se ahoga con el primer sorbo de café. Sus ojos color miel se abrieron de par en par, brillando con una mezcla de shock y júbilo.

—¿A Mérida? ¿En serio? ¡Mami, tenemos siglos sin ir! —La emoción le recorrió el cuerpo. Recordaba vagamente el frío, el olor a pino y las fresas con crema, aunque los detalles de su última visita fueran apenas destellos borrosos en su mente.

El viaje fue una transición mágica de colores y sensaciones. Salieron de Maracaibo cruzando el Puente sobre el Lago, con el calor apretando desde temprano, pero a medida que avanzaban por la carretera Panamericana, el paisaje comenzó a transformarse. Ariana, sentada en la parte trasera junto a su hermana mayor, Mariángel, pegaba la frente al vidrio.
Vio cómo las palmeras y la tierra árida daban paso a árboles gigantescos y frondosos. Al empezar a subir por las curvas de la carretera trasandina, el aire cambió; la humedad pesada del Zulia fue reemplazada por una brisa ligera que obligó a subir las ventanillas del carro. El verde se volvió más oscuro, más intenso, y pequeñas cascadas empezaron a aparecer a los lados del camino, adornando las laderas de las montañas.

—¡Ya se siente el frío! —exclamó Mariángel, sacando un suéter de su bolso. Ariana, aunque se hacía la fuerte, empezó a sentir los vellos de sus brazos erizarse.
Llegaron a la ciudad de Mérida cuando la tarde empezaba a caer, pintando los picos de la Sierra Nevada de un tono violeta y naranja. Tras dejar las maletas en una acogedora posada de paredes de piedra y techos de teja, y después de que Ariana se pusiera tres capas de ropa alegando dramáticamente que "sus huesos maracuchos se estaban cristalizando", salieron a cenar.
Eligieron un pequeño restaurante de madera tallada cerca de la plaza. El lugar olía a leña y a sopa de verduras. Mientras esperaban sus platos —unas truchas frescas para los padres y pastelitos andinos para las hermanas—, el destino movió su primera ficha.

—¡¿Beatriz?! —el grito de Elena sobresaltó a los comensales vecinos.
Una mujer de aspecto elegante, con un abrigo de lana color crema y mirada dulce, se giró desde una mesa cercana, soltando un jadeo de sorpresa pura.

—¡Elena! ¡No lo puedo creer! ¡Dios mío, cuántos años!
El abrazo entre ambas fue largo y sonoro, de esos que solo se dan las amigas que han compartido una vida entera a pesar de los kilómetros. Tras las presentaciones de rigor, Beatriz puso sus ojos sobre las jóvenes, deteniéndose especialmente en la protagonista.

—Pero miren esto... ¡Ariana! Estás hermosa, mi niña. Te has convertido en toda una mujer —dijo Beatriz, con los ojos empañados—. La última vez que te vi eras una cosita de cinco años que no soltaba a mis hijos ni para dormir. Eran inseparables en el jardín de la hacienda.

Ariana frunció el ceño, forzando una sonrisa amable pero confundida. El nombre "hacienda" le trajo una imagen fugaz de flores rojas, pero nada más.

—¿A sus hijos? Lo siento, señora Beatriz, es que... tengo la memoria un poco floja de esa época. No recuerdo mucho de cuando era tan chiquita.

—¡Hija, pero si eras uña y mugre con Santiago y Sebastián! —intervino su madre, acomodándose la bufanda—. Los gemelos Briceño. Aquellos muchachos no hacían nada sin ti. Eran tus guardaespaldas personales. ¿De verdad no tienes ni un solo recuerdo?

Ariana negó con la cabeza, sintiendo una extraña inquietud. ¿Gemelos? Buscó en su mente un rostro, un nombre, un juego, pero solo encontró silencio.

—Bueno, eso se soluciona fácil —sentenció Beatriz con una chispa de picardía andina en los ojos—. Mañana mismo vienen todos a la Hacienda Bruma Eterna. Mis hijos se van a ir de espaldas cuando te vean. Ellos sí que no se han olvidado de ti, te lo aseguro. Tienen mucho que contarse.

Tras concretar la invitación y despedirse entre risas, la familia Villalobos regresó a la posada. Durante el trayecto, Ariana permaneció callada, mirando por la ventana cómo las luces de las casas en las montañas parecían estrellas atrapadas en la ladera.
"Santiago y Sebastián", repetía en su mente como un mantra. ¿Cómo serían ahora? ¿Recordarían algo de ella que ella misma había perdido en el calor del Zulia? La curiosidad, mezclada con el frío penetrante de la noche merideña, no la dejó dormir de inmediato, presintiendo que el viaje apenas comenzaba.




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