Siete de la mañana.
Una hora completamente innecesaria.
Ariana estaba segura de eso mientras permanecía boca abajo, con la almohada cubriéndole media cara y el cuerpo negándose rotundamente a cooperar.
—Levántate, Ariana —la voz de su mamá sonaba peligrosamente animada—. Ya es tarde.
—Esto no es tarde… esto es una agresión —murmuró, sin moverse.
—Quedamos en salir temprano —insistió Elena, corriendo un poco la cortina—. No vamos a hacer esperar a nadie.
Un rayo de luz fría entró en la habitación.
Ariana gruñó.
—Los Andes deberían respetar el horario zuliano.
Finalmente se levantó, arrastrando los pies hasta el baño. El piso estaba helado, lo que provocó un pequeño salto inmediato.
—¡Ajá! —exclamó—. ¿Quién pidió este clima?
Hizo su rutina de siempre: pipí, cepillarse los dientes con cara de pocos amigos y una rápida ducha caliente que apenas logró despertarla. Se puso ropa cómoda, un suéter grueso y bufanda incluida, mirándose al espejo con resignación.
—Si me enfermo, será culpa de Mérida —se dijo a sí misma.
El desayuno fue rápido. Pan, queso, café caliente (sin hielo, por primera vez en su vida) y una advertencia clara de su mamá:
—Compórtate.
—Siempre lo hago —respondió Ariana, bostezando.
—Eso no es verdad.
El camino hacia la hacienda fue silencioso y hermoso. Ariana observaba por la ventana cómo las montañas parecían interminables, cubiertas de neblina, verdes intensos y aire puro. A pesar del sueño y el mal humor, algo dentro de ella empezó a relajarse.
Había algo en ese lugar… algo que se sentía familiar sin razón.
Al llegar, el olor a tierra húmeda y pasto fresco llenó el aire. La hacienda era amplia, rústica y viva. Cercas de madera, animales pastando tranquilamente, y una casa principal que parecía sacada de una postal.
—Bienvenidos —dijo una voz femenina con calidez.
Beatriz, la mamá de los gemelos, se acercó sonriente.
—¡Elena! —exclamó, abriendo los brazos.
Mientras los adultos se saludaban y los hermanos de Ariana conversaban, ella quedó completamente atrapada por el entorno.
—Dios… —susurró.
Sin darse cuenta, se alejó un poco del grupo. Había vacas, gallinas, caballos… y un pequeño becerro que llamó su atención de inmediato.
—Hola tú —dijo, acercándose despacio.
El animal levantó la cabeza, curioso.
—Ay, pero mira esa carita —sonrió Ariana, agachándose—. ¿Tú sabes que eres precioso?
El becerro respondió con un suave mugido.
—Sí, sí, ya sé… tienes hambre, sueño o simplemente quieres atención, como yo en la mañana.
Le acarició la cabeza con cuidado.
—Tranquilo, chiquito… todo está bien.
Desde la casa, dos figuras acababan de salir.
—Llegaron —dijo Santiago, acomodándose la camisa.
—Sí —respondió Sebastián, deteniéndose de golpe.
Ambos recorrieron el lugar con la mirada, buscando.
—¿La ves? —preguntó Santiago, con el ceño levemente fruncido.
—No… —murmuró Sebastián—. No está con ellos.
Se acercaron a Beatriz.
—Mamá, ¿y Ariana? —preguntó Sebastián.
—Salió a mirar la hacienda —respondió ella, señalando hacia el campo—. Siempre fue igual… se distraía con cualquier animal.
Los dos se giraron al mismo tiempo.
Y entonces la vieron.
Ariana estaba agachada, hablándole al becerro como si fuera un niño pequeño, sonriendo, completamente ajena a todo.
Santiago se quedó quieto.
—…Es ella —dijo en voz baja.
Sebastián sintió cómo el pecho se le apretaba.
—No cambió —susurró—. Solo creció.
—Mira cómo le habla —añadió Santiago, casi sin respirar—. Igual que antes.
—Igual que siempre.
Caminaron hacia ella sin decir nada más. Cada paso se sentía cargado de años, recuerdos y emociones contenidas.
Ariana levantó la vista de repente.
Y el mundo se detuvo.
Dos hombres frente a ella. Altos. Parecidos… pero distintos. Uno con una presencia intensa, firme. El otro con una calma profunda que parecía envolverlo todo.
—Hola… —dijo ella, poniéndose de pie lentamente—. Eh…
Santiago fue el primero en reaccionar.
—Hola, Ariana.
Su nombre en esa voz hizo que algo se estremeciera dentro de ella.
—Soy Santiago —añadió—. Y él es Sebastián.
Sebastián sonrió con suavidad.
—Por fin —dijo—. Por fin estás aquí.
Ariana los miró, confundida, curiosa… intrigada.
—Creo que… —rió nerviosa— creo que tengo mucho que aprender sobre ustedes.
Santiago cruzó una mirada rápida con su hermano.
—Y nosotros —respondió— tenemos mucho que mostrarte.
Sebastián asintió.
—Sin apuro.
Ariana volvió a mirar al becerro, luego a ellos.
—Bueno —dijo—. Si van a quedarse mirando, al menos ayúdenme a convencerlo de que no muerda.
Santiago soltó una carcajada.
Sebastián sonrió como si acabara de recuperar algo que creyó perdido.
Y así, entre montañas, animales y dos miradas que no la soltaban, Ariana dio el primer paso hacia una historia que apenas comenzaba.