Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 1: El eco en la penumbra

El olor a papel viejo, polvo y madera centenaria siempre ha tenido el poder de calmarme. Mientras la mayoría de los estudiantes de la Universidad de Florencia huían a toda prisa en cuanto terminaban las clases de la tarde, yo solía perderarme entre los pasillos más profundos y olvidados del edificio histórico de la facultad.

Mi nombre es Helen, y si algo he aprendido estudiando musicología aquí en Italia, es que la música no es solo un conjunto de notas dispuestas en un pentagrama; es un idioma antiguo que guarda secretos que pocos se molestan en escuchar.

Esa tarde, el cielo sobre Florencia amenazaba con un aguacero gris de esos que empapan los adoquines y congelan el aire. Mi violín, resguardado celosamente en su estuche gastado sobre mi espalda, se sentía más pesado que de costumbre. Tenía un turno de trabajo en un par de horas, pero no podía irme sin antes revisar el último lote de archivos donados que el bibliotecario había dejado en la sección de fondos reservados.

—Helen, ya voy a cerrar este piso —me advirtió el señor Tomás, el bibliotecario, asomando su cabeza encanecida por el pasillo de Historia de la Música—. La lluvia va a ponerse fea sobre el río Arno.

—Solo cinco minutos más, señor Tomás, lo prometo —le pedí con una sonrisa suplicante—. Solo estoy ordenando las partituras sin clasificar.

El anciano suspiró, negó con la cabeza con afecto y volvió a su escritorio.

Fue justo en ese momento cuando lo vi. En la repisa más baja de un estante de madera carcomida, sobresalía un legajo de hojas amarillentas, atadas con una cinta de tela raída que parecía a punto de deshacerse. Curiosa, me arrodillé y lo tomé con delicadeza. Al desatar la cinta, un fino polvo flotó en el aire, haciéndome toser levemente.

No era un libro impreso. Era un manuscrito hecho a mano.

Pasé las páginas con cuidado, asombrada por la caligrafía en tinta china. Las notas no estaban escritas de la forma convencional; los compases tenían una estructura extraña, con saltos melódicos inesperados que desafiaban las reglas de la armonía tradicional. Al pie de la primera página, una anotación en italiano antiguo, apenas legible, decía: «Para cuando el tiempo decida doblarse y el eco encuentre su origen».

Un escalofrío me recorrió la espalda. Toqué las líneas del dibujo con las yemas de mis dedos. La melodía parecía cantar en mi mente antes de que pudiera emitir un solo sonido. Era triste, profundamente melancólica, pero guardaba una chispa de esperanza que hacía que el pecho se me apretara.

—¿Qué es esto? —murmuré para mí misma, intentando descifrar la firma ilegible al final del documento.

—Helen, en serio, me voy a ir —llamó de nuevo la voz de Tomás desde la distancia.

Sin pensarlo dos veces, anoté el código del legajo en mi libreta, guardé el manuscrito con extremo cuidado dentro del bolsillo interno del estuche de mi violín y me levanté a toda prisa. Tenía que tocar esa pieza. Necesitaba escuchar cómo sonaba en la vida real, cómo cobraba vida a través de las cuerdas de mi violín.

No tenía idea de que, al sacar ese manuscrito de la penumbra de la biblioteca, estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.

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Disfruten el primer capítulo, mis amores...

Con todo el cariño, lasaire Ibarra...




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