Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 2: El Rincón del Bohemio

El aroma a café recién molido era el perfume oficial de El Rincón del Bohemio, mi santuario personal en una pequeña callejuela empedrada del centro de Florencia. Era de esos pocos lugares en la ciudad donde el tiempo parecía ralentizarse; las conversaciones transcurrían en susurros cómplices y el tintineo ocasional de una cuchara contra una taza de cerámica era la única interrupción bienvenida.

Las paredes, cubiertas de estanterías repletas de libros usados y fotografías en sepia de artistas anónimos, le daban al ambiente ese aire nostálgico que tanto amaba. Para mí, trabajar aquí por las tardes entre mis clases de la universidad no era un peso; era mi refugio, el escenario perfecto para desconectarme del mundo exterior.

Apoyé mi violín con suavidad sobre una de las mesas de madera oscura y saqué la resina. Mientras frotaba el arco con movimientos pausados, la suave llovizna de la tarde comenzaba a repiquetear contra los ventanales. El café estaba tranquilo, perfecto para poner a prueba el descubrimiento de esta tarde.

Saqué el manuscrito antiguo de mi estuche. Las notas en la hoja amarillenta parecían llamarme.

En ese instante, la campanilla dorada sobre la puerta de entrada repicó, anunciando a un nuevo cliente.

Levanté la vista por inercia, pero el arco se congeló a pocos centímetros de las cuerdas. La persona que acababa de entrar no era ninguno de nuestros clientes habituales, ni un estudiante buscando Wi-Fi, ni un turista despistado.

Era un hombre alto, vestido con una gabardina oscura que goteaba ligeramente por la lluvia. Había algo extraño en él, una especie de aura silente que parecía absorber la luz y el murmullo a su alrededor. Cuando se pasó una mano por el cabello húmedo, pude notar sus ojos: eran de un color indefinible, un matiz magnético entre el ámbar y el gris. Parecían ojos antiguos, cargados con el peso de mil historias sin contar.

Caminó hacia la barra con pasos lentos y calculados.

—Buenas tardes —dije, tratando de que mi voz sonara profesional a pesar del repentino vuelco que dio mi corazón—. ¿Qué puedo ofrecerle?

—Un té negro, por favor —respondió. Su voz era grave, suave como un susurro, pero con una resonancia profunda que me hizo estremecer.

Ni siquiera cruzó la mirada conmigo durante más de un segundo. Sostenía en la otra mano un pequeño diario de cuero muy gastado. Pagó con la cantidad exacta, tomó su taza y caminó hacia la mesa más apartada del fondo, justo al lado del ventanal empañado. Se sentó en silencio y se sumergió de inmediato en las páginas de su libreta.

Me quedé unos segundos observándolo en secreto. No era guapo de una manera tradicional o comercial, pero tenía una presencia magnética, una energía tan potente que se me hacía casi imposible apartar la vista.

Tratando de sacudirme esa sensación inusual, tomé mi violín. Acomodé la barbada bajo mi mentón, respiré hondo y coloqué las partituras del manuscrito frente a mí.

Cerré los ojos un segundo y dejé que mis dedos danzaran sobre el diapasón.

La primera nota resonó en el aire, pura y vibrante. Luego vino la segunda, la tercera... La melodía fluyó llenando cada rincón del café. Tenía giros armónicos extraños, saltos que no encajaban en la época moderna, una belleza dolorosa que me erizaba la piel mientras la interpretaba. Cerré los ojos por completo, dejándome llevar por la música, sintiendo cómo cada nota me envolvía en un transe casi mágico.

Cuando ejecuté el último acorde, dejé que el arco flotara sobre las cuerdas. La última vibración se desvaneció en el aire, dejando un silencio denso y expectante en el local.

Abrí los ojos despacio... y me encontré directamente con su mirada.

El hombre de la gabardina se había puesto de pie. Su movimiento había sido tan silencioso que no lo escuché levantarse. Mi corazón empezó a martillarme el pecho salvajemente mientras lo veía caminar hacia mi mesa, paso a paso, sin apartar sus ojos de los míos.

Se detuvo a menos de un metro de mí. De cerca, su presencia era aún más imponente.

—Disculpa —dijo, rompiendo el silencio. Su voz hizo vibrar una fibra oculta en lo más profundo de mi ser—. Esa melodía... ¿dónde la aprendiste?

Tragué saliva, tratando de sostenerle la mirada sin demostrar lo nerviosa que me tenía.

—Es... es una pieza antigua —respondí, sorprendida de que mi voz sonara un poco más débil de lo normal—. La encontré hoy en un manuscrito olvidado en la biblioteca de la universidad. Creo que nadie la ha tocado en siglos.

Una sonrisa sutil, casi imperceptible, curvó la comisura de sus labios. Pero no era una sonrisa alegre; estaba cargada de una melancolía que me resultó extrañamente familiar.

—Nadie la ha tocado en mucho tiempo, es verdad —murmuró él, dando un paso más hacia mí. Su mirada descendió por un segundo al manuscrito y luego volvió a encontrarse con la mía—. Esa melodía se llama la «Canción del Eco Eterno».

—¿La conoces? —pregunté, abriendo los ojos de par en par—. Busqué el título en los catálogos y no aparecía por ningún lado.

—La conozco muy bien —dijo con una calma estremecedora—. Se dice que fue compuesta por un viajero del tiempo... alguien que intentaba desesperadamente comunicarse con su amada a través de las eras, dejando su voz atrapada en la música para que ella lo encontrara.

Se me cortó la respiración. La calidez del café pareció esfumarse por completo.

—¿Un... viajero del tiempo? —repetí en un susurro, entre incrédula y fascinada—. Eso suena a una leyenda romántica.

El hombre dio medio paso más hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros. Se inclinó levemente hacia mí y fijó sus ojos ámbar en los míos con una intensidad que me congeló la sangre.

—No es una leyenda, Helen —dijo mi nombre sin que yo se lo hubiera dicho—. Y esa partitura nunca debió haber salido de donde estaba.

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Aquí el segundo capítulo, denle amor ❤️.




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