Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 3: Un viaje en el tiempo y una revelación asombrosa

​Mi primera reacción ante sus palabras fue soltar una risa. Al principio fue solo un débil murmullo, pero terminó extendiéndose por el local, resonando con una incredulidad casi nerviosa que me raspaba la garganta.

​—¿Un... viajero del tiempo? —pregunté con una ceja arqueada, dando un paso hacia atrás mientras intentaba ocultar el torbellino de emociones que Kael había desatado en mí—. Suena como algo sacado de una novela barata de ciencia ficción, ¿no cree? ¿Es una broma de los estudiantes de la universidad?

​Kael no se unió a mi risa. Ni siquiera pestañeó. Su mirada, fija en la mía, poseía una seriedad tan profunda y severa que borró de golpe cualquier atisbo de humor que me quedara.

​—Quizás no sea una broma, Helen —replicó él, dando un paso firme hacia mí.

​En ese preciso instante, sentí un sutil y aterrador cambio en la atmósfera de El Rincón del Bohemio. El aire, antes denso con el reconfortante aroma a café recién molido y papel viejo, comenzó a vibrar con un zumbido eléctrico. Sobre nuestras cabezas, las luces del local parpadearon con una intensidad extraña, chispeando como si la corriente misma estuviera luchando por no extinguirse.

​—¿Qué... qué le pasa a las luces? —murmuré, mirando el techo y apretando el violín contra mi pecho—. Señor Tomás, ¿es el tablero de la luz?

​Pero no hubo respuesta. Las conversaciones de fondo de los escasos clientes se desvanecieron por completo, convirtiéndose en un murmullo distante e incomprensible. El suave repiqueteo de la lluvia florentina contra los cristales se transformó de repente en un pitido agudo y penetrante que me hizo estremecer de dolor.

​—¡Kael! ¿Qué está pasando? —exclamé con pánico en la voz, llevándome una mano al pecho para intentar frenar los latidos desbocados de mi corazón.

​—Mantén la calma, por favor —respondió él, sin alterar su tono.

​—¡¿Que mantenga la calma?! ¡El suelo está temblando!

​El mobiliario de madera, las estanterías de libros, las fotografías en sepia... todo comenzó a difuminarse frente a mis ojos, perdiendo sus contornos como si estuviera mirando a través de una cortina de agua. Los colores se destiñeron, volvieron a encenderse con una brillantez fluorescente y giraron a mi alrededor en una sucesión mareante.

​Una neblina plateada emergió del aire rodeando a Kael, una especie de aura etérea que crecía a pasos agigantados.

​—Mi nombre es Kael —continuó él. Su voz resonaba como un eco en medio del ensordecedor zumbido, pero se escuchaba extrañamente clara y tranquilizadora para mí—. Y sí, Helen... soy de un tiempo muy diferente al tuyo. Llevo siglos buscando a alguien que pueda tocar la Canción del Eco Eterno con la misma alma con la que tú acabas de hacerlo.

​—¡Esto es una locura! ¡Detenlo! ¡Me estoy mareando! —grité, intentando retroceder, pero la realidad terminó de retorcerse a nuestro alrededor.

​Un vértigo inmenso me invadió. Era la sensación absoluta de caer al vacío y elevarme por los aires al mismo tiempo. El suelo bajo mis botas de cuero pareció desaparecer. Un frío glacial me envolvió el cuerpo, seguido en una fracción de segundo por una ola de calor sofocante.

​Fue un bombardeo para todos mis sentidos. El aroma a café florentino se evaporó, siendo reemplazado por un olor intenso a tierra húmeda y musgo. El ruido de la ciudad desapareció para dar paso al graznido estridente de aves que jamás había escuchado en mi vida. Al abrir los ojos por un instante, la vista del café había desaparecido: en su lugar, atisbé la imagen borrosa de una vegetación exuberante y gigantesca, bañada por una luz anaranjada que no correspondía al atardecer de Florencia.

​—¡Helen, dame la mano! —ordenó Kael con firmeza, rompiendo la neblina.

​—¡No sé qué está pasando! —grité, aterrada.

​—¡Confía en mí! ¡Toma mi mano ahora!

​Extendió su brazo hacia mí y, impulsada por el puro instinto de supervivencia, tomé su mano. El contacto fue una ancla instantánea en medio de la vorágine. Sus dedos estaban fríos, pero su agarre era tan firme y seguro que el pánico comenzó a ceder espacio al asombro.

​Cuando el torbellino de energía amainó por completo, sentí de nuevo tierra firme bajo mis pies. Trastabillé, pero el agarre de Kael me sostuvo.

​Respiré hondo, entrecortadamente, mirando hacia todas partes. Nos encontrábamos en el interior de una cueva colosal. No había paredes de ladrillo ni ventanas a la calle. Las paredes de roca estaban iluminadas por una luz tenue y azulada que emanaba de cristales bioluminiscentes incrustados en la piedra. El aire era denso, y a lo lejos se escuchaba el estruendo de una cascada.

​De El Rincón del Bohemio no quedaba absolutamente nada.

​—¿Dónde... dónde estamos? —pregunté en un susurro, soltando su mano lentamente y mirando mis propias manos para asegurarme de que seguía entera—. Esto no es Florencia. Dios mío... esto ni siquiera parece Italia.

​—No lo es —dijo Kael, girándose hacia mí. La luz de los cristales se reflejaba en sus ojos ámbar—. La melodía que tocaste no es solo una composición musical, Helen. Es una llave.

​—¿Una llave? —repetí, frunciendo el ceño mientras sostenía el estuche de mi violín como si fuera un escudo—. ¿De qué estás hablando? ¿Qué tipo de llave abre un agujero en el aire y me trae a una cueva desconocida?

​—Una llave que puede abrir puertas entre dimensiones y entre épocas —explicó Kael, dando un paso prudente hacia mí para no asustarme—. Mi amada, Lyra, también era una violinista extraordinaria. Ella compuso esa canción específicamente para mí, para que yo pudiera encontrarla sin importar en qué lugar o en qué siglo estuviera atrapado. Es una resonancia. Una frecuencia del alma que muy pocos, como tú, son capaces de interpretar correctamente.

​Me quedé en silencio, sintiendo una extraña mezcla de asombro y una inexplicable familiaridad. El miedo instintivo había empezado a disiparse, reemplazado por la magnitud colosal de lo que estaba presenciando.




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