Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 4: Los ecos de Lyra

El aire de la cueva bioluminiscente era denso, frío y húmedo. Cada vez que inhalaba, mis pulmones se llenaban de un aroma intenso a tierra mojada, musgo y roca centenaria, una mezcla que contrastaba bruscamente con el familiar olor a café y resina de mi rincón en Florencia.

La luz tenue y azulada que emanaba de los enormes cristales incrustados en las paredes proyectaba sombras danzarinas a nuestro alrededor, creando una atmósfera casi mística. Miré mi violín, aún sujeto con firmeza en mi mano izquierda. La madera lisa y el tacto de las cuerdas eran lo único que me recordaba que esto no era un sueño.

Kael soltó mi mano despacio y dio un paso hacia atrás. Sus ojos ámbar se fijaron en mí, estudiando cada uno de mis movimientos, midiendo mi reacción ante lo imposible. No había miedo en su mirada; solo una seriedad profunda y una vulnerabilidad que me tomó por sorpresa.

—¿Estás... bien, Helen? —preguntó. Su voz, grave y suave, resonó con un ligero eco en la inmensidad de la caverna.

Asentí lentamente, tratando de obligar a mis pensamientos a ponerse en orden.

—Un viajero del tiempo... una canción que abre puertas dimensionales... y una amada de otra era —murmuré, dejando escapar una exhalación temblorosa. Las palabras sonaban absurdas al pronunciarlas en voz alta—. Es... increíble, Kael. Es demasiado para procesar en un solo día.

—Lo sé —respondió él con empatía—. Ven, siéntate un momento.

Me guio hacia una formación rocosa plana que servía como un asiento natural. Me acomodé con cuidado, dejando el estuche del violín a mi lado. Kael se apoyó contra la pared de la cueva, cruzándose de brazos, y la historia que comenzó a relatar se desplegó ante mí como un pergamino antiguo cargado de secretos.

—Lyra era mi vida —comenzó a decir, y su voz se tiñó de una melancolía que me atravesó el pecho—. Ella vivía en una era muy posterior a la tuya. Vivía en un mundo donde la música no era solo arte, Helen; era la esencia de todo, una forma pura de energía.

Se detuvo un segundo, mirando hacia el techo de la cueva como si pudiera ver el pasado proyectado en la piedra.

—Ella era una compositora brillante, una virtuosa del violín... incluso más que tú, si me permites decirlo —agregó con una chispa de orgullo en la mirada, mezclada con una tristeza devastadora—. Compuso la Canción del Eco Eterno no solo como una obra maestra. Fue una última esperanza. Un intento desesperado de encontrarnos si alguna vez nos separábamos por... por la ruptura del tiempo.

—¿La ruptura del tiempo? —interrumpí, inclinándome hacia adelante—. ¿A qué te refieres con eso? ¿Qué le pasó a su mundo?

Kael me miró de frente y suspiró.

—Su época era avanzada, pero frágil —explicó, bajando el tono de voz—. Una catástrofe temporal, provocada por experimentos incontrolados con la estructura del espacio-tiempo, terminó por fragmentar las eras. Muchas personas quedaron atrapadas en fracturas temporales... incluida Lyra. Fueron dispersadas a través del flujo de la historia.

—¿Y tú no fuiste arrastrado? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Yo poseo una habilidad innata para percibir y navegar estas distorsiones

—respondió, mostrando sus manos—. He dedicado siglos enteros a buscarla, siguiendo el rastro de la canción que ella imbuyó con su propia alma. Tuve que aprender a viajar entre épocas, a sentir los ecos de los lugares donde esa melodía volvía a sonar.

—¿Cuántos años llevas buscando? —inquirí en un susurro, impresionada por el peso que debía cargar.

—Milenios, Helen —confesó, y por un segundo, la fatiga de épocas enteras pareció pesar sobre sus hombros—. He visitado eras de grandes imperios, épocas de avances tecnológicos que no podrías imaginar, cataclismos y renacimientos.

Siempre buscando una vibración, una nota... la esperanza de que Lyra estuviera del otro lado tocándola de nuevo.

Mientras lo escuchaba, la cueva a mi alrededor pareció desvanecerse. En mi mente podía visualizar los mundos lejanos y las eras olvidadas que él me describía.

Sentí un torbellino de emociones: una empatía profunda por el dolor de Kael, una fascinación desbordante por la posibilidad de viajar entre siglos y una curiosidad creciente sobre Lyra, la mujer cuya música me había arrastrado a este destino.

Kael metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó el diario de cuero gastado que llevaba en el café. Pasó un par de páginas y me lo extendió.

—Toma. Este es mi compendio —dijo—. Aquí registro mis hallazgos, las coordenadas temporales, las variaciones de la canción... y mis recuerdos de ella.

Tomé el diario con delicadeza. Al hojear las páginas amarillentas, descubrí esquemas detallados de instrumentos futuristas, mapas estelares desconocidos y, entre las anotaciones matemáticas, bocetos hechos a lápiz de una mujer de cabello oscuro. En los dibujos, sus dedos largos y gráciles sostenían un violín idéntico al mío.

—Es hermosa... —murmuré, rozando el dibujo con la yema del dedo.

—He intentado revivir la canción muchas veces —confesó Kael, dando un paso hacia mí—. Encontré fragmentos de la partitura en diferentes siglos, interpretados por músicos talentosos. Pero nadie... nadie la tocó jamás con la pureza y la resonancia que tú le diste hoy en el café. Es como si tu alma tuviera una sintonía perfecta con la suya.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi corazón se agitó con fuerza ante sus palabras. Mi violín, que siempre había sido mi refugio en la universidad, ahora se sentía como un faro, una herramienta moldeada por un destino que apenas comenzaba a comprender.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, levantando la mirada del diario para encontrarme con sus ojos ámbar—. ¿Dónde estamos exactamente?

Kael me miró y una media sonrisa, sutil y genuina, curvó sus labios para intentar aligerar la tensión.

—Estamos en el período Cretácico, por cierto —dijo con total naturalidad.

Me quedé helada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.