Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 5: París, ciudad de secretos

​El zumbido del viaje temporal fue mucho menos abrumador esta vez; era una vibración casi familiar que me indicaba que estábamos, una vez más, trascendiendo las eras y desafiando las leyes de la física.

​Cuando el aire finalmente se asentó, la sensación de frío y los ecos prehistóricos de la cueva se desvanecieron por completo. Fueron reemplazados por una fragancia inconfundible: pan recién horneado, crepes de azúcar caliente y la lejana y dulce promesa de las lilas en flor.

​Abrí los ojos despacio y me encontré de pie sobre una bulliciosa calle empedrada. El aire estaba impregnado con el murmullo elegante del idioma francés y el tintineo ocasional de copas de vino en las terrazas.

​—Bienvenida a París —susurró Kael a mi lado.

​Su mano seguía envolviendo la mía, cálida y reconfortante, pero en cuanto noté la firmeza de su agarre, una extraña corriente me recorrió el brazo. Solté su mano disimuladamente, fingiendo acomodarme el cabello para ocultar el súbito nerviosismo que me invadió.

​La luz del sol de la tarde bañaba los majestuosos edificios de piedra caliza con un resplandor dorado, y a lo lejos, recortándose contra el cielo, las siluetas góticas de la catedral de Notre Dame se alzaban imponentes. París. La Ciudad de la Luz. Un lugar que siempre había soñado visitar desde que empecé a estudiar música en Florencia, pero jamás imaginé que pisaría sus calles de esta manera: al lado de un viajero del tiempo misterioso.

​—Es... hermosa —alcancé a decir, mirando a mi alrededor para distraer mi mente—. Siento que en cualquier momento voy a despertar en mi habitación.

​Kael sonrió con suavidad, observándome con detenimiento.

​—No estás soñando, Helen. Esto es tan real como el violín que llevas en la espalda.

​—¿En qué año estamos? —pregunté, girándome hacia él para romper la tensión—. ¿O también es un punto de calibración?

​—Estamos en el París del siglo XIX —respondió Kael, guiándome a través de una estrecha y encantadora callejuela—. Lyra amaba esta ciudad más que cualquier otra. Decía que aquí el tiempo parecía moverse a un ritmo diferente, permitiendo que las almas se encontraran.

​Escuchar el nombre de Lyra fue como un cubo de agua fría que me devolvió a la realidad. Sus ojos ámbar reflejaban una profunda nostalgia. Claro, pensé, él está aquí por ella, no por mí.

​Pasamos las siguientes horas caminando por la ciudad. Paseamos por las orillas del río Sena, viendo a los artistas pintar al óleo mientras el sonido lejano de un acordeón llenaba el ambiente. Kael me contaba anécdotas de Lyra en cada esquina: los bistrós que le gustaban, las calles de Montmartre donde buscaban inspiración... No había un solo rincón que no guardara un fantasma de su pasado.

​Sin embargo, a pesar de sus palabras, empecé a notar una cercanía distinta. Cada vez que cruzábamos la calle, la mano de Kael se posaba suavemente en la parte baja de mi espalda para guiarme. Era un gesto caballeroso, pero la calidez de su palma atravesando la tela de mi ropa me hacía dar un vuelco al corazón. Nuestras miradas se cruzaban más de lo normal y, por momentos, me atrapaba observándolo en silencio, fascinada por el misterio que lo rodeaba.

¿Qué me está pasando?, me pregunté a mí misma, sintiendo un nudo de confusión en el estómago. Es un hombre de otra era, obsesionado con encontrar al amor de su vida. No puedo empezar a sentir esto por él. Es absurdo. Apenas lo conozco.

​Al caer la noche, nos refugiamos en un pequeño y acogedor bistró cerca de la Île de la Cité. El ambiente era íntimo, iluminado solo por la tenue luz de las velas.

​—Kael —dije rompiendo el silencio, mientras probábamos unas copas de vino—. ¿Crees que fue una simple casualidad que yo encontrara la partitura de Lyra?

​—En el tiempo no existen las casualidades, Helen —respondió él, apoyando los codos sobre la mesa y mirándome con fijeza—. La Canción del Eco Eterno busca almas capaces de sentir en la misma frecuencia. Tú no la encontraste; la canción te llamó.

​Impulsada por una mezcla de emociones contenidas —la magia de París, la confusión de mis propios sentimientos y la necesidad de soltar la tensión que traía dentro—, saqué mi violín de la funda y me puse de pie.

​Acomodé la barbada en mi cuello, cerré los ojos y dejé que el arco rozara las cuerdas. No toque la Canción del Eco Eterno. Toqué una melodía improvisada, nacida de mi propia mente en ese instante: una pieza melancólica, suave y llena de preguntas sin respuesta.

​Cuando abrí los ojos al terminar la última nota, me encontré con la mirada de Kael. Estaba completamente en silencio, observándome con una intensidad que me quitó el aliento. No había nostalgia en sus ojos en ese momento; solo una fascinación pura y concentrada en mí.

​Kael se levantó lentamente de la mesa y dio dos pasos hasta quedar frente a mí. La distancia entre los dos se redujo peligrosamente. Su aroma a lluvia y madera antigua me envolvió por completo. Estiró la mano y, con extrema delicadeza, rozó con la yema de sus dedos la madera de mi violín, rozando apenas la piel de mi mano.

​Una descarga eléctrica me recorrió la columna vertebral. Mi respiración se volvió agitada.

​—Lyra tenía una forma especial de tocar... —murmuró Kael, con la voz un poco rasgada, sin despegar sus ojos ámbar de los míos—. Pero lo que acabas de hacer recién... es diferente, Helen. Tu música tiene un fuego propio.

​Nos quedamos mirándonos en silencio durante varios segundos, tan cerca que podía sentir el calor de su respiración. Por un instante, el aire pareció congelarse a nuestro alrededor. Sentí un impulso repentino de dar un paso adelante, pero la confusión volvió a invadirme con fuerza.

Él ve a Lyra cuando me mira... ¿o realmente me está viendo a mí?, pensé presa del pánico.

​Incapaz de sostener la mirada por más tiempo, bajé lentamente el violín y di un pequeño paso hacia atrás, rompiendo el hechizo que nos rodeaba. Kael pareció reaccionar también, dando un espacio respetuoso, aunque su mirada seguía clavada en mí, llena de preguntas.




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