Los días en París se tejían con la magia de un romance incipiente y la asombrosa, casi absurda, realidad de los viajes temporales. Kael y yo explorábamos la ciudad con la curiosidad de dos almas que descubren un mundo juntas, sin importar si este entorno era nuevo para mí o milenario para él.
Paseábamos por los floridos Jardines de Luxemburgo bajo la sombra de los árboles centenarios. Allí, Kael me contó en voz baja cómo Lyra había plantado un pequeño rosal en secreto en uno de los parterres, una confesión íntima que revelaba la profunda conexión que aún sentía por ella.
Sin embargo, a diferencia de los primeros días, sentí que la presencia de Lyra ya no era una sombra amenazante entre los dos, sino un puente. Un entendimiento compartido que, extrañamente, fortalecía mi vínculo con Kael. Notaba que la tristeza en sus ojos ámbar al hablar del pasado comenzaba a mezclarse con una nueva luz, una curiosidad vibrante que se reflejaba cada vez que cruzábamos miradas.
—¿Te quedaste pensativa? —preguntó Kael, mientras caminábamos despacio entre los senderos de grava.
—Un poco —admití, ajustándome el abrigo—. A veces me detengo a pensar en todo esto... y me da pánico. Si esto es un sueño, Kael, te juro que no quiero despertar todavía. Y si es una realidad... supongo que solo me queda disfrutarla segundo a segundo, sea a donde sea que me lleve el tiempo.
Kael me miró con una ternura que me aceleró el pulso.
—Te prometo que es real, Helen —murmuró—. Y no voy a dejar que nada te dañe mientras estés conmigo.
Una tarde, nuestro paseo nos llevó ante la majestuosidad del Museo del Louvre. El vasto laberinto de arte e historia se erigía ante nosotros como un testamento viviente al paso de los siglos.
Kael, con su conocimiento enciclopédico de las eras, resultó ser el guía perfecto. Me susurraba anécdotas fascinantes sobre cada escultura, el contexto de los lienzos y los secretos guardados en cada pasillo. Mientras deambulábamos por una de las galerías más tranquilas, se detuvo abruptamente frente a una pintura en particular: una escena vibrante de un opulento baile de máscaras del siglo XVIII, donde parejas elegantemente vestidas giraban en un torbellino de encaje, color y movimiento.
Una sonrisa, diferente a las anteriores, se dibujó en sus labios. Era una mezcla de añoranza y algo nuevo, casi travieso.
—Lyra y yo estuvimos en una fiesta como esta —dijo. Su voz resonó suavemente en el silencio reverente del museo—. Ocurrió en este mismo salón, aunque en otra época totalmente distinta. Era un baile de la corte. Yo era terriblemente torpe, ¿sabes?
Dejé escapar una leve risilla, mirándolo de arriba abajo.
—¿Tú, torpe? Cuesta imaginarlo.
—Lo era —aseguró con una media sonrisa—. Ella se reía de mi falta de gracia en la pista, pero con cada tropiezo, me enseñaba con una paciencia infinita a seguir el ritmo. Lyra me enseñó a bailar.
Un pequeño pinchazo de recelo intentó asomarse en mi pecho al escuchar su nombre de nuevo, pero duró apenas un milisegundo. Los ojos de Kael, que antes habían estado fijos en el lienzo, se posaron en los míos con una intensidad tan pura y concentrada que me hizo contener la respiración. En ese instante, no sentí el eco de Lyra entre nosotros. Sentí la electricidad y la anticipación de algo nuevo, algo que empezaba a pertenecernos únicamente a él y a mí.
—¿Y recuerdas los pasos? —pregunté en un murmullo, desafiándolo suavemente para disimular cómo latía mi corazón.
—Nunca se me olvidan —respondió sin apartar la mirada. Da un paso hacia mí, acortando la distancia—. ¿Te gustaría bailar, Helen?
Me quedé helada por un segundo, mirando a nuestro alrededor.
—¿Aquí? —susurré con una mezcla de vergüenza y fascinación—. Kael, estamos en un museo. No hay música... y hay guardias a unos pasillos de distancia.
—No necesitamos música —dijo, ofreciéndome su mano abierta en un gesto cargado de elegancia y expectativa—. Solo necesitamos seguir nuestro propio ritmo.
Miré su mano y luego sus ojos ámbar. Llevamos apenas unos días conociéndonos, me recordé internamente. Él lleva siglos buscando a otra persona. Esto es una locura. Pero la tentación de vivir el momento fue más fuerte que cualquier prudencia.
Extendí mi mano y la posé sobre la suya. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una firmeza gentil y cálida que me envió una corriente de escalofríos por la espalda.
En medio de la vasta y silenciosa galería, bajo la atenta mirada de siglos de arte e historia, Kael me guio en un vals imaginario. Sus pasos eran suaves, seguros y perfectos. Yo lo seguí, dejándome llevar, sorprendiéndome de la naturalidad con la que mi cuerpo respondía a sus impulsos, como si de alguna forma misteriosa hubiéramos bailado juntos desde siempre.
Giramos lentamente entre las estatuas de mármol y las pinturas al óleo. La cercanía de su cuerpo, el roce constante de nuestras manos, su otra mano posada con delicadeza en mi cintura y la profundidad de su mirada fija en la mía mientras nos movíamos en completo silencio... todo me gritaba que esto no era un ensayo del pasado. No era la recreación de un recuerdo ajeno para él. Era un paso firme hacia un presente compartido.
—Lo haces muy bien —susurró Kael, acercándose un poco más mientras girábamos. Su aliento rozó mi mejilla.
—Tengo un buen maestro —respondí en un hilo de voz, sintiendo que las mejillas me ardían.
Nos detuvimos despacio, pero ninguno de los dos rompió el agarre. Sus ojos descendieron un segundo a mis labios antes de volver a encontrarse con los míos. La tensión en el aire se volvió densa, romántica y cargada de una expectación casi palpable.
En ese instante, bajo el techo abovedado del Louvre, lo comprendí todo. El amor de Kael por Lyra no había desaparecido, ni tendría por qué hacerlo jamás; era parte de quién era él. Pero un nuevo sentimiento, uno extraordinario, distinto y propio, estaba floreciendo entre nosotros dos. Era una emoción que, con cada paso de ese vals silencioso, parecía declarar que también estaba dispuesta a desafiar las barreras del tiempo.