Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 7: Bajo las estrellas, un beso prometido

​El vals silencioso en la galería del Louvre había terminado de disolver las últimas barreras entre Kael y yo. Ya no era solo la asombrosa y casi absurda realidad de nuestros viajes temporales lo que nos unía, sino una profunda e innegable corriente de afecto. La chispa que se había encendido en las calles empedradas de París crecía con cada momento compartido, cada mirada furtiva y cada susurro a media luz. La Ciudad de la Luz parecía estar bendiciendo, paso a paso, nuestro incipiente romance.

​Una noche, cuando las luces de la ciudad comenzaban a titilar una a una, transformando a París en un mar de estrellas terrenales, Kael me tomó suavemente de la mano.

​—Tengo un lugar que quiero mostrarte —dijo, mirándome con una sonrisa misteriosa.

​—¿Otro viaje en el tiempo? —bromeé, ajustándome el abrigo mientras caminaba a su lado.

​—No —respondió con una risita suave—. Un lugar en este mismo presente. Lyra me lo mostró una vez, hace mucho tiempo.

​Escuchar su nombre ya no dolía ni me provocaba celos. Su voz al mencionarla había cambiado: ya no sonaba como una herida abierta, sino como el recuerdo de una vieja canción.

​Kael me condujo hacia un edificio antiguo de fachada desgastada cerca de la Île de la Cité. Ascendimos en silencio por una estrecha y serpenteante escalera de caracol. La piedra gastada bajo nuestros pies parecía susurrar historias de siglos pasados. Al llegar al último piso, Kael empujó una pequeña puerta de madera crujiente que daba paso a un balcón abandonado.

​La vista que se abrió ante nosotros me robó el aliento.

​Desde allí, los tejados grises de París se extendían como un lienzo infinito, y al fondo, la icónica silueta iluminada de la Torre Eiffel se alzaba majestuosa contra el cielo azul oscuro. El aire fresco traía consigo un dulce aroma a jazmín, proveniente de una maceta descuidada en la esquina del balcón.

​—Es... impresionante, Kael —murmuré, apoyándome en la barandilla de hierro forjado.

​—Sabía que te gustaría —respondió, colocándose a mi lado. Su hombro rozaba el mío, y la calidez de su cuerpo era un refugio contra la brisa nocturna.

​—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté, girando el rostro para mirarlo.

​Kael contempló el horizonte un segundo antes de fijar sus ojos ámbar en los míos.

​—Porque durante siglos vine a este balcón a recordar lo que había perdido —confesó en voz baja—. Pero hoy quería estar aquí para darme cuenta de lo que he encontrado.

​Un nudo se me formó en la garganta. Impulsada por una necesidad irrefrenable de traducir el torbellino de emociones que me embargaba, abrí la funda y saqué mi violín. Acomodé la barbada en mi cuello bajo la mirada atenta de Kael.

​Esta vez no toqué la Canción del Eco Eterno, ni ninguna obra que hubiera estudiado en el conservatorio en Florencia. Lo que brotó del violín fue una melodía completamente nueva, improvisada, nacida de ese preciso instante. Era una música que hablaba de puentes entre mundos, de dos almas que se encontraban contra toda lógica a través de la inmensidad del tiempo, y de un amor que nacía de la soledad para convertirse en la promesa de un futuro incierto. Cada nota era una confesión, un pedazo de mi alma entregado a él bajo el cielo estrellado de París.

​Kael me escuchó en un silencio absoluto. Las luces distantes de la ciudad se reflejaban en sus ojos, mostrando una mezcla compleja de dolor antiguo y una deslumbrante, nueva esperanza. La coraza de su interminable búsqueda parecía desvanecerse por completo, revelando a un hombre que anhelaba ser anclado.

​Cuando la última nota se disipó en el aire nocturno, dejando un silencio reverente, el instante se volvió infinitamente más elocuentemente que cualquier palabra.

​Bajé el violín despacio. Kael dio un paso hacia mí con movimientos lentos, deliberados y cargados de una devoción que me hizo temblar las rodillas. Dejó el violín con cuidado sobre una pequeña mesa de hierro y volvió a quedar frente a mí.

​Extendió las manos y tomó mi rostro con delicadeza, acariciando suavemente mis mejillas con sus pulgares. La calidez de su contacto mandó una descarga eléctrica que me recorrió de pies a cabeza.

​—Lyra me enseñó a amar la música, Helen —dijo Kael, con la voz rasgada por la emoción, apenas en un susurro que el viento parecía querer llevarse—. Pero tú... tú me has enseñado a sentirla de nuevo. Tú has llenado un vacío en mi pecho que creí que sería eterno.

​—Kael... —susurré, sintiendo cómo mi corazón latía con desenfrenada fuerza contra mis costillas.

​—Al principio busqué tu música porque creí que eras un eco de ella —continuó, mirándome con una intensidad magnética que me dejó sin aliento—. Pero me equivocaba. Eres tú, Helen. Tu fuego, tu valentía, la forma en que me miras... No hay sombras del pasado entre nosotros. Solo estás tú.

​No había duda en sus palabras, ni fantasmas del pasado flotando en el aire. Solo estábamos Kael, el viajero del tiempo que había irrumpido en mi vida, y yo, unidos bajo el cielo infinito de París.

​—Entonces no te detengas —murmuré con valentía, acortando el último milímetro entre los dos.

​Kael se inclinó despacio y sus labios se encontraron con los míos.

​No fue un beso fugaz ni tímido. Fue un beso profundo, cálido y pausado, lleno de la vasta historia que él cargaba sobre los hombros y de la vulnerabilidad de un amor que había desafiado las eras para encontrarnos. Sus brazos se envolvieron alrededor de mi cintura, pegándome a su pecho, mientras mis manos subían instintivamente a su cuello, enredándose en su cabello.

​El beso sabía a magia, a lluvia fresca y a eternidad. Era la promesa de que, sin importar a qué época o siglo nos llevara el destino, nuestras almas ya pertenecían al mismo tiempo.

​Cuando nos separamos lentamente, rozando nuestras frentes mientras intentábamos recuperar el aliento, Kael sonrió como no lo había visto sonreír jamás: con una felicidad pura y radiante.




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