El amanecer parisino trajo consigo un velo de cruda realidad, pero ni la luz fría de la mañana logró empañar la magia del beso de la noche anterior.
De regreso en el modesto apartamento temporal, el aire entre las paredes de piedra aún vibraba con una electricidad nueva. Me movía por la pequeña cocina preparando café, consciente de cada uno de mis movimientos. Cada toque de mis dedos contra la taza de porcelana, cada inhalación del aroma tostado, se sentía amplificado, como si todos mis sentidos hubieran despertado de un largo letargo.
Kael estaba sentado a la pequeña mesa de madera. Su mirada no se despegaba de mí, mostrando una calma serena que contrastaba profundamente con el torbellino de preguntas que chocaban en mi interior.
El beso bajo las estrellas no había sido solo un contacto de labios; había sido el sello de una verdad innegable: nos habíamos enamorado. Un amor que desafiaba la lógica, la ciencia y el mismísimo tejido del tiempo. Pero, ¿cómo se amaba a un hombre que había vivido siglos? ¿Cómo construir un "nosotros" con alguien que llevaba el peso de épocas pasadas y el fantasma de un amor perdido?
—¿Estás bien, Helen? —preguntó Kael. Su voz suave rompió el silencio, cargada de una cautela y una preocupación genuinas.
Dejé las tazas humeantes sobre la mesa y me senté frente a él. Mis manos temblaban levemente al rodear la cerámica caliente.
—Estoy... asombrada —admití en un susurro—. Todo esto, Kael... tú. Es como estar atrapada en un sueño hermoso, pero tengo miedo de despertar. Es real, ¿verdad?
Él inclinó la cabeza y buscó mi mirada con una intensidad que me erizó la piel.
—Es tan real como este café —dijo, tomando su taza—. Y infinitamente más real que muchos de los siglos que he recorrido sin ti.
Su respuesta me sacó una pequeña sonrisa, pero la sombra de la duda seguía ahí.
—Aún no sé cómo procesarlo —confesé, dejando salir la vulnerabilidad que me oprimía el pecho—. Tengo miedo de la incertidumbre de nuestro futuro, de no saber cuánto tiempo tenemos... Y también tengo miedo de Lyra, Kael. Me asusta la idea de competir con la memoria de alguien a quien amaste tanto.
Kael me escuchó con una paciencia infinita. Extendió su mano sobre la mesa y cubrió la mía con firmeza.
—Lyra siempre será parte de quien fui, Helen —dijo, con una pátina de melancolía respetuosa en su tono—. Ella es mi pasado. Pero tú... tú eres mi presente y la promesa de un futuro que jamás creí volver a tener. Tú trajiste luz a una existencia que pensé condenada a una búsqueda eterna. No hay culpa en lo que siento por ti. Es un sentimiento puro, nuevo, y no resta nada de lo que viví; lo transforma.
Sus palabras cayeron como un bálsamo sobre mis miedos. Entendí que mi amor no tenía que borrar su pasado, sino aprender a convivir con él.
Decidimos salir a caminar para despejar la mente. Las calles de París despertaban con el bullicio de los transeúntes, el olor a pan recién horneado y el ruido de las bicicletas. Nos detuvimos en un pequeño y concurrido bistro cerca de la plaza.
—¡Bonjour! Lo de siempre para el caballero misterioso y la joven violinista, ¿verdad? —saludó Madame Laurent, la dueña del local, una mujer madura de carácter alegre que nos reconocía de días anteriores.
—Oui, Madame Laurent, por favor —respondió Kael con una sonrisa cortés.
Mientras nos servía el desayuno, la anciana nos miró a ambos con astucia, deteniéndose en la forma en que Kael mantenía su mano cerca de la mía sobre la mesa.
—Ah, l'amour —suspiró Madame Laurent, guiñándome un ojo—. Ayer tenían cara de almas en pena buscando respuestas. Hoy tienen la mirada de quienes han encontrado un tesoro. París siempre hace su magia.
Me sonrojé levemente mientras Kael reía con elegancia. Sin embargo, la calma duró poco.
Mientras Madame Laurent conversaba con unos clientes en la barra, noté algo extraño. Al otro lado de la calle, junto a la entrada de una librería, un hombre alto vestido con un abrigo oscuro manteniéndose inmóvil. No miraba los escaparates ni caminaba como los demás turistas. Tenía la vista clavada directamente en nuestra mesa.
—Kael... —murmuré, cambiando el tono de voz.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, notando el cambio brusco en mi postura.
—No te gires de golpe. Hay un hombre enfrente, junto a la librería. Nos está observando desde que nos sentamos.
Kael no se giró de inmediato. En lugar de eso, usó el reflejo del cristal de la ventana del local. Vi cómo la línea de su mandíbula se tensaba al instante y la calidez de sus ojos desaparecía, reemplazada por una mirada fría y alerta.
—Nos encontró —susurró Kael, apretando el puño sobre la mesa.
—¿Quién es? ¿Alguien de tu época? —el pulso se me aceleró violentamente. La burbuja romántica en la que nos habíamos refugiado se rompió en mil pedazos.
—No aquí, Helen —dijo poniéndose de pie de manera tranquila pero decidida, dejando un par de billetes sobre la mesa—. Madame Laurent, debemos irnos, gracias por todo.
—¿Pasa algo malo, mon cher? —preguntó la mujer, sorprendida por la repentina prisa.
—Solo un compromiso urgente —respondió Kael, tomándome del brazo con firmeza pero sin hacerme daño.
Salimos del bistro rápidamente. El hombre del abrigo oscuro notó nuestro movimiento y comenzó a caminar a paso ligero tras nosotros. Kael me guio por un entramado de callejones estrechos, alejándonos de las avenidas principales. La tensión era palpable; sentía el aire helado entrar en mis pulmones mientras el sonido de nuestros pasos acelerados retumbaba contra las paredes de piedra.
—Kael, dime qué está pasando —exigí entre jadeos mientras doblábamos una esquina.
—Hay quienes cuidan que el curso del tiempo no se altere —contestó Kael, mirando hacia atrás sin detenerse—. Y nuestra unión... la melodía que creaste anoche... ha dejado una huella demasiado fuerte en el presente. Has cambiado algo en mí, Helen, y eso atrae a quienes quieren mantener las eras separadas.