Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 9: Un vistazo al pasado de Kael

​El salto temporal desde las gélidas callejuelas de París no fue una decisión planeada; fue un escape de emergencia. El hombre del abrigo oscuro nos había acorralado demasiado cerca, y la única forma que Kael encontró para ponernos a salvo fue arrastrarme a un pliegue del tiempo que ni siquiera ese perseguidor pudiera rastrear fácilmente.

​Cuando la luz cegadora del portal finalmente se estabilizó, el bullicio de la capital francesa se evaporó por completo. Nos encontramos de pie en medio de un paisaje colosal que me dejó sin aliento. Montañas imponentes cubiertas de nieve se alzaban bajo un cielo de un azul tan intenso que parecía irreal. El aire que entró en mis pulmones era gélido, puro, impregnado de un olor a madera quemada y a naturaleza salvaje.

​Estábamos en las antiguas Tierras Altas de Escocia, pero en un tiempo primigenio, miles de años antes de lo que cualquier libro de historia en la universidad pudiera registrar.

​—¿Dónde... dónde estamos? —pregunté, abrazándome a mí misma mientras el viento helado me cortaba los labios.

​Kael se despojó de su abrigo pesado y lo colocó sobre mis hombros con delicadeza. Sus ojos ámbar contemplaban las cumbres nevadas con una quietud inusual, casi reverente.

​—Este es mi origen, Helen —explicó en voz baja—. Nací aquí, en una aldea que ahora yace bajo un lago en tu presente, mucho antes de que el tiempo se rompiera para mí. Mi gente no eran viajeros; eran custodios de la tierra y del equilibrio. De ahí viene mi conexión innata con el flujo del tiempo.

​—Nos escapamos de él... ¿verdad? —susurré, mirando a nuestro alrededor con el temor de que la sombra de París apareciera entre la nieve.

​—Por ahora sí —respondió Kael, aunque la tensión en los músculos de su cuello delataba que no estábamos completamente a salvo—. Pero no podemos huir para siempre. Por eso quería traerte aquí. Necesitaba que me conocieras. No al viajero, no a la leyenda, ni al hombre que amó a Lyra... Solo a mí.

​Nos adentramos en un pequeño asentamiento de cabañas de piedra y techos de paja. La gente se movía con una sencillez y dureza ancestrales: niños jugando con palos en la nieve, mujeres tejiendo lana gruesa y hombres afilando herramientas de hueso y piedra. Kael alteró sutilmente la percepción de los lugareños con su energía para que nos vieran como parientes distantes que regresaban de las montañas.

​—¡Kael! ¡Hijo del viento! —nos saludó un anciano de barba tullida y piel curtida por el frío, acercándose con una sonrisa franca—. Pensamos que las nieves del norte te habían tomado. ¿Y quién es esta joven de tez suave?

​—Es Helen, Bran —contestó Kael en una variante dialectal antigua que extrañamente mi mente lograba traducir—. Viene conmigo. Estará bajo la protección de mi hogar.

​—Bienvenida seas, muchacha. El fuego de nuestra aldea también es tuyo —dijo el anciano, inclinando la cabeza hacia mí antes de seguir su camino.

​Durante varios días vivimos entre ellos. Kael me enseñó a reconocer las huellas de los animales en la nieve, a encender fuego con una sola chispa sobre la hierba seca y a escuchar la melodía que el viento traía desde los picos. Me mostró la cueva donde creció y me contó sobre su familia, revelándome al muchacho que fue antes de la pérdida, antes de la soledad milenaria.

​Sin embargo, a pesar de la belleza de su origen, una sombra constante nublaba mi pecho. Veía a Kael quedarse despierto hasta altas horas de la noche en la entrada de la cabaña, vigilando el horizonte nevado. Notaba cómo apretaba los puños cada vez que el viento soplaba más fuerte de lo normal.

​Una noche, mientras el fuego crepitaba en la cabaña de piedra iluminando sus facciones, no pude contener más la angustia.

​—Kael... estás pensando en dejarme ir, ¿verdad? —solté de golpe, con la voz temblorosa.

​Kael se congeló a mitad de camino mientras alimentaba las brasas. Se giró despacio hacia mí.

​—Helen...

​—No me mientas, por favor —supliqué, sintiendo que las lágrimas se agolpaban en mis ojos—. Desde que ese hombre nos persiguió en París, te noto distante. Sé lo que estás haciendo. Me trajiste a tu pasado para despedirte, ¿no es así? Crees que mi vida corre peligro a tu lado y estás planeando devolverme a Florencia, a mi rutina, a mi siglo...

​Kael dejó caer la madera al suelo y se acercó a mí a pasos rápidos. Se arrodilló frente a mi silla y tomó mis manos heladas entre las suyas.

​—Se supone que no debías sufrir por esto —murmuró, y vi por primera vez una grieta de puro dolor en sus ojos—. Helen, los Guardianes del Tiempo no van a parar. Tu presencia a mi lado está alterando líneas temporales que no deberían cruzarse. Tú tenías una vida tranquila estudiando música. Tenías un futuro... y yo te arrastré a mi tormenta. Se me desgarra el alma solo de pensarlo, pero... no puedo permitir que te destruyan por mi culpa.

​—¡Yo no quiero volver a una vida donde tú no estés! —exclamé, rompiendo a llorar mientras la frustración y el amor se mezclaban en mi garganta—. No me importa el peligro, Kael. Me enamoré de ti, no de la seguridad de mi apartamento. Si me devuelves a mi tiempo, me estarás salvando el cuerpo, pero me vas a romper el corazón.

​Kael me miró con una devoción tan desgarradora que me quitó el aliento. Subió sus manos hasta mi rostro, secando mis lágrimas con sus pulgares.

​—Escúchame bien, Helen —dijo en un susurro ardiente, mirándome fijamente a los ojos—. Esto no es un adiós definitivo. Te juro por mi vida que esto es solo temporal. Necesito ponerte a salvo en tu época mientras yo enfrento a los Guardianes y resuelvo el caos de las líneas temporales. Voy a buscar la manera de arreglar esto, de limpiar mi rastro y encontrar el camino de regreso a ti.

​»Aquí, en este lugar donde nací —continuó, rozando su frente contra la mía—, entendí que el tiempo no es una línea recta, sino un círculo. Todo regresa y todo se conecta. Lo que siento por ti es tan real como estas montañas y tan antiguo como esta tierra. Te amo, Helen. Y precisamente porque te amo con toda mi alma, voy a luchar por nuestro derecho a estar juntos sin que corras peligro. Ten la certeza de que voy a volver por ti.




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