El regreso de los paisajes ancestrales de las Tierras Altas a mi presente en Florencia se sintió extraño, casi irreal. Tras haber presenciado el origen de Kael y haber escuchado su promesa bajo el frío de las montañas, mi día a día se había vuelto más profundo, impregnado por la solidez de lo que sentimos. Me sentía más conectada a él que nunca. El tiempo y las eras parecían cada vez menos una barrera insuperable y más un vasto escenario para nuestro romance.
Sin embargo, el peligro no nos había dejado del todo. Sabíamos que Ignis, el más implacable de los Antiguos Guardianes del Tiempo, nos pisaba los talones. Ese hombre del abrigo oscuro que nos persiguió en París seguía rastreando nuestras huellas temporales, buscando romper la anomalía que representábamos.
Una tarde, en la tranquilidad de El Rincón del Bohemio —la pequeña cafetería y librería de viejo cerca del Arno a la que solía ir a estudiar—, me puse a organizar los estantes más alejados. Eran volúmenes que rara vez alguien tocaba y que acumulaban polvo en el rincón más olvidado del local.
De pronto, mis dedos rozaron el lomo de un tomo en particular. Era un libro encuadernado en cuero oscuro, sin título visible, y se sentía extrañamente frío al tacto, como si viniera directamente del invierno escocés. Jamás lo había visto en ese estante, a pesar de las incontables horas que pasaba allí.
La curiosidad me picó en el pecho. Lo saqué con extremo cuidado. Sus páginas, amarillentas y quebradizas, estaban cubiertas de intrincadas partituras musicales. Pero no eran notas convencionales: contenían símbolos geométricos desconocidos y anotaciones en un latín arcaico que reconocía apenas por mis clases de musicología. Las páginas vibraban con una energía tenue que hizo que los vellos de mis brazos se erizaran.
Kael estaba sentado en nuestra mesa habitual del fondo, hojeando un mapa antiguo mientras el señor Tomás, el dueño del local, le servía un café humeante.
—Aquí tiene, joven. Si busca libros de historia florentina, ese rincón es una mina de oro —dijo Tomás sonriendo, antes de retirarse al mostrador.
Me acerqué despacio a la mesa, sintiendo un presentimiento helado en el corazón.
—Kael, mira esto —murmuré, dejando el libro sobre la madera—. Lo encontré en la sección más olvidada. Dime que no es otra anomalía...
Kael levantó la vista. En cuanto sus ojos se posaron en la encuadernación de cuero, su postura serena se tensó al instante. Tomó el manuscrito con una reverencia casi sagrada, rozando los bordes gastados como quien reencuentra a un viejo fantasma. Abrió una página al azar y sus pupilas se dilataron.
—Esto... no es posible —susurró con la voz quebrada por el asombro—. Se creía perdido. O destruido por la orden de Ignis hace tres siglos.
—¿Qué es? —pregunté, conteniendo el aliento.
—Es el Lamento de Aethelred —contestó levantando los ojos hacia mí, cargados de una intensidad febril—. Es una leyenda entre los custodios de mi tiempo. Contiene las verdaderas claves de la Canción del Eco Eterno, Helen. No solo los pasajes para saltar entre eras, sino su propósito final.
El aire en la cafetería pareció densificarse. Mientras Kael pasaba las páginas analizando los diagramas y traduciendo los versos en latín, la fascinación en su rostro comenzó a mezclarse con una sombra de preocupación mortal. Los textos hablaban de un "equilibrio roto" en el tejido del tiempo y de la necesidad de una "resonancia final" para soldar la herida antes de que las eras colapsaran.
Sentí una punzada de angustia en el estómago. La resonancia final... ¿Qué implicaba eso realmente?
La sombra de Ignis buscaba destruirnos, pero este manuscrito dejaba claro algo peor: el tiempo mismo exigía que cada uno volviera a su lugar. Miré a Kael y supe lo que estaba pasando por su mente. Desde nuestra conversación en Escocia, él sabía que mi vida corría peligro cada segundo que pasaba a su lado.
Esa noche, de regreso en mi pequeño apartamento en Florencia, la tensión se volvió insoportable. Traté de disimular la tristeza, cocinando algo ligero y fingiendo que las notas del manuscrito no sonaban como una despedida. Kael apenas probó bocado; sus ojos me seguían por la habitación con una devoción desgarradora, grabando cada uno de mis gestos en su memoria.
—Estás muy callado —dije mientras arreglaba las mantas de la cama—. Kael, si Ignis está cerca, lo enfrentaremos juntos. Prometiste que no me dejarías fuera de esto.
Kael se acercó, tomó mi rostro entre sus manos y me besó la frente con una ternura infinita.
—Nunca te dejaría fuera de mi corazón, Helen —murmuró rozando sus labios con las mías en un beso lento, dulce y cargado de una melancolía que me oprimió el pecho—. Descansa. Has tenido un día muy largo.
Estaba exhausta, abatida por la carga emocional de los últimos días. Me acosté y, bajo el calor de sus caricias en mi cabello, dejé que el cansancio venciera mi resistencia. Cerré los ojos, sin saber que esa sería la última vez en mucho tiempo que sentiría la calidez de su presencia.
(Narrado por Kael)
El ritmo de su respiración se volvió pausado, suave, acompasado. Esperé varios minutos en la penumbra del dormitorio, sintiendo cómo los latidos de su corazón llenaban cada rincón del apartamento. Helen finalmente dormía.
Me puse de pie en absoluto silencio, como tantas veces me había enseñado la soledad de los siglos.
La luz de la luna florentina entraba por la ventana, recortando sus facciones perfectas contra las sábanas. Me quedé allí, de pie junto a su cama, contemplándola durante lo que pareció una eternidad. Mis manos temblaban. He vivido más de mil años, he visto imperios caer y eras desvanecerse en el olvido, pero nada en toda mi existencia me había dolido tanto como el simple acto de preparar mi partida.
Me incliné despacio. Con la yema de mis dedos rozé apenas su mejilla, sintiendo la tibieza de su piel, grabando la textura de su ser en mi memoria para no volver a perder la cordura en la oscuridad que me esperaba. Una lágrima helada traicionó mi templanza y resbaló por mi rostro, cayendo en silencio sobre el suelo de madera.