Dónde el tiempo nos encontró

​CAPÍTULO 11: La desilusión del eco

​Ha pasado un mes entero desde aquella dolorosa madrugada en que desperté en mi apartamento de Florencia y encontré la carta de Kael sobre mi mesita de noche. Un mes de absoluto silencio. Ni una nota, ni un mensaje, ni un eco en la corriente del tiempo que me dijera si él sigue con vida o si el implacable Ignis logró darle caza.

​Mi rutina se había reducido a un trayecto autómata: de la universidad a mi casa, y de mi casa a la universidad. Evitaba pasar por El Rincón del Bohemio. Cada vez que mis pasos me llevaban cerca del Arno y veía a lo lejos el letrero de madera de la cafetería, la garganta se me cerraba. Entrar allí significaba recordar a Kael leyendo en la mesa del fondo, sus ojos ámbar fijos en mí y el olor a café tostado mezclado con el cuero del manuscrito.

​A veces, en la soledad de mis noches, abría el estuche y contemplaba la madera pulida de mi violín. Sentía un deseo desesperado de frotar el arco contra las cuerdas y tocar la Canción del Eco Eterno, esperando que la melodía funcionara como un hechizo y lo trajera de vuelta a mi lado. Pero la prudencia y el miedo me detenían. Sabía que la música no solo lo llamaría a él, sino que funcionaría como un faro para Ignis y los Guardianes del Tiempo. No podía poner en riesgo el sacrificio que Kael había hecho por mí.

​En mi pecho, sin embargo, libraba una batalla interna que me desgastaba día a día. Aunque Kael juró que me amaba y me prometió en la nota que volvería, la sombra de nuestro último descubrimiento en los Alpes Suizos no dejaba de torturarme.

​Ocurrió apenas unos días antes de regresar a Italia. Habíamos encontrado un antiguo monasterio envuelto en la niebla donde estudiamos el Lamento de Aethelred. Entre las paredes de piedra y el frío intenso, mientras Kael me enseñaba a descifrar el manuscrito en un telescopio astrológico en el observatorio, sus manos hallaron un compartimento secreto en la base de bronce.

​Allí había un pergamino oculto. Recuerdos de ese momento aún me congelaban la sangre.

—Esto... esto no tiene sentido —había murmurado Kael en los Alpes, con la voz rota y los ojos fijos en el texto ancestral—. No puede ser...

Recordaba haberme acercado con el corazón latiéndome a mil por hora.

—¿Qué ocurre, Kael? ¿Encontraste algo malo? —pregunté.

Él me entregó el pergamino con las manos temblando. En el centro, escrito en una variante arcaica de latín, se leía: «Solo en el olvido del eco, el flujo se estabiliza». Y justo debajo, el dibujo inconfundible de un violín junto a la silueta de una mujer de rasgos delicados. No era yo. Era Lyra. Con la misma postura y el rostro de los bocetos de su diario.

—Significa... que la única manera de que la canción funcione y el tiempo se estabilice permanentemente... es que Lyra sea quien la toque —había dicho Kael, con el peso de los milenios volviendo a caer sobre sus hombros—. Ella es la clave final, Helen. Siempre lo fue.

​Ese recuerdo me golpeaba una y otra vez. ¿Acaso mi presencia en su vida había sido solo un medio para un fin? ¿Un puente para despertar el poder de la canción y permitir que él regresara con su verdadero amor predestinado? La duda me quemaba por dentro, aunque la certeza de su mirada antes de dejarme en Florencia me decía que lo que sintió por mí era real.

​—¡Helen! ¡Tierra llamando a Helen! —la voz de mi amiga Camilla me sacó bruscamente de mis pensamientos, haciendo sonar sus palmas frente a mi rostro.

​Estábamos en una de las mesas de la cafetería de la facultad de Musicología. Camilla, con su característica energía desbordante y su cabello rizado cayendo sobre sus hombros, me miraba con preocupación.

​—Perdona, Cami... me distraje —murmuré, removiendo la espuma de mi capuchino ya frío.

​—Te distraes todo el tiempo desde hace semanas —suspiró ella, apoyando la barbilla en su mano—. Pareces un fantasma caminando por los pasillos de la universidad. Y ni hablemos de tu violín; el profesor Rossi dice que tocas con una melancolía que rompe el corazón. ¿Cuándo me vas a contar qué pasó con el chico misterioso del manuscrito?

​—Es complicado, Cami. Se tuvo que ir por... asuntos de trabajo fuera del país. Y no he tenido noticias suyas.

​—Pues los hombres que desaparecen sin avisar no merecen que desperdicies tus ojeras por ellos —dijo Camilla frunciendo el ceño—. Tienes que distraerte. Por cierto, ¿adivina a quién me encontré esta mañana cerca de la biblioteca?

​Antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó sobre nuestra mesa.

​—Espero que estén hablando de mí, porque si no, mi ego va a sufrir un golpe tremendo —dijo una voz masculina, cálida y profundamente familiar.

​Levanté la mirada y ahogué un grito de sorpresa. De pie frente a nosotros, con una chaqueta de cuero gastada y una sonrisa amplia que arrugaba la comisura de sus ojos, estaba Matteo.

​—¡Matteo! —exclamé, poniéndome de pie de golpe para abrazarlo.

​Matteo era mi amigo de la infancia, la persona con la que había compartido mis primeros años en Florencia y mis primeras clases de solfeo. Hacía más de un año lo habían trasladado como estudiante de intercambio a la Universidad de Viena y no sabía nada de él.

​—¡No puedo creerlo! ¿Cuándo regresaste? —pregunté separándome, sintiendo por primera vez en semanas un destello de calidez genuina.

​—Ayer por la tarde —respondió Matteo, tomando una silla para acompañarnos—. Mi intercambio terminó y logré que me reincorporaran aquí para el último semestre. Te busqué por todo el campus, Helen. Te extrañé muchísimo.

​—Ves, Helen —intervino Camilla guiñándome un ojo—, la vida te trae viejos amigos para sacarte de la cueva.

​Matteo me miró fijamente, notando de inmediato la sombra de tristeza que llevaba en el rostro.

​—Te ves diferente, Helen —comentó con suavidad, rozando mi hombro con afecto—. Tus ojos tienen una mirada que no te conocía. Como si estuvieras esperando a alguien que está muy lejos.




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