Dónde el tiempo nos encontró

​CAPÍTULO 12: Entre el silencio y las sombras

​El recuerdo del monasterio alpino, que en su momento me pareció un refugio, continuaba persiguiéndome en el silencio de mi apartamento en Florencia. Recordaba el aire frío mordiéndome la piel el día que descubrimos el pergamino de Lyra, y cómo el violín en mi mano se sintió de repente como una carga insoportable. Cuando la verdad sobre el propósito de la canción fue pronunciada, no pude quedarme allí. Retrocedí instintivamente, alejándome de Kael antes de que su abrazo pudiera quemarme.

​Aquel fue el principio de nuestra distancia, la herida previa a su abrupta partida hace un mes. Y aunque Kael se marchó en la madrugada florentina para enfrentarse a Ignis y a los Guardianes, su presencia no se había borrado por completo de mi vida.

​Kael seguía intentando comunicarse a través de las grietas del tiempo.

​No había cartas convencionales, sino ecos temporales. A veces me despertaba y encontraba sobre mi mesita de noche pequeños objetos imposibles: una rosa de color azul cobalto de un jardín del futuro, una moneda de plata pulida con la efigie de un imperio olvidado, o un fragmento de pergamino con notas que se desvanecían al tacto. Eran sus silenciosos intentos de pedir disculpas, de decirme que seguía vivo y de mantener el hilo que nos unía.

​Yo guardaba cada objeto en un pequeño cofre de madera, sin poder responderle. La herida por el pergamino de Lyra era profunda, pero el dolor por su ausencia actual era aún más agudo. Se sentía como si la soledad milenaria que Kael había cargado durante siglos se me hubiera transferido a mí.

​—Si sigues mirando esa ventana, vas a terminar convirtiéndote en estatua de mármol —la voz de Camilla resonó en el pasillo de la universidad mientras me entregaba un boleto de cine.

​—¿Qué es esto, Cami? —pregunté saliendo de mi trance.

​—Un boleto para el cine del centro. Matteo y yo decidimos que hoy no hay excusas. No vas a encerrarte en tu apartamento a ver caer la noche. Vamos los tres, cenamos algo rico y despejas esa cabeza.

​Traté de protestar, pero la mirada firme de Camilla y la llegada oportuna de Matteo me dejaron sin escapatoria.

​—No acepto un «no» por respuesta, Helen —dijo Matteo, sonriéndome con esa calidez tan suya mientras se colocaba a mi lado—. Es una película antigua de romance que proyectan en el cine Odeón. Te prometo que te va a gustar.

​Acepté a regañadientes. Esa tarde, caminamos por las calles empedradas de Florencia hasta el antiguo teatro. Mientras veíamos la película en la penumbra de la sala, no pude evitar sentir un nudo en la garganta. Las parejas en la pantalla hablaban de amores eternos y promesas, y mi mente volaba inevitablemente hacia el hombre de ojos ámbar que caminaba entre las eras.

​Al salir del cine, el cielo florentino se teñía de un azul oscuro salpicado de estrellas. Fuimos por una pizza cerca del Ponte Vecchio y, al poco tiempo, Camilla se despidió argumentando que debía repasar para un examen de armonía, dejándome a solas con Matteo.

​Caminamos despacio a lo largo del río Arno. El reflejo de las luces sobre el agua creaba una atmósfera serena y melancólica.

​—Gracias por obligarme a salir, Teo —dije en voz baja, ajustándome el abrigo para protegerme de la brisa nocturna—. Realmente lo necesitaba.

​Matteo se detuvo junto a la balaustrada de piedra y me miró fijamente. La luz de los faroles iluminaba sus facciones preocupadas.

​—Helen... te conozco desde que éramos unos niños —comenzó a decir, tomando suavemente mi mano entre las suyas. El contacto fue cálido, pero no produjo la chispa eléctrica que me quemaba el alma cada vez que Kael me tocaba—. Sé que hay alguien más en tu cabeza. Sé que ese tiempo que pasaste fuera cambió algo en ti... pero me duele verte sufrir por una sombra.

​—Matteo, yo...

​—Escúchame, por favor —me interrumpió con ternura, apretando mis dedos—. Cuando me fui a Viena, no hubo un solo día en que no pensara en regresar a Florencia por ti. Quería volver para estar a tu lado. No sé qué pasó con ese hombre ni por qué te dejó con este dolor, pero estoy aquí. Quiero cuidar de ti, Helen. Quiero ser quien te haga sonreír de nuevo.

​Sus palabras me tocaron el corazón. Matteo era un hombre maravilloso, un amigo leal y alguien que me ofrecía la seguridad y la dulzura de una vida normal. Pero mi corazón no era libre.

​Le retiré la mano con una mezcla de dulzura y absoluta firmeza, mirándolo con sinceridad.

​—Matteo, eres una de las personas más importantes de mi vida y valoro infinitamente tu regreso —le dije con la voz quebrada por la emoción—. Pero no puedo corresponderte de la forma en que quisieras. Mi corazón está atado a alguien más... y aunque no esté a mi lado ahora, mi fe en él es inquebrantable. No puedo amar a nadie más.

​Matteo sostuvo mi mirada durante largos segundos. Pude ver la sombra de la decepción en sus ojos, pero la transformó en una sonrisa resignada y comprensiva.

​—Aquel hombre debe ser extraordinario para que guardes su recuerdo con tanta fuerza —suspiró, pasándose una mano por el cabello—. No voy a presionarte, Helen. Pero no me voy a ir a ninguna parte. Seguiré siendo tu amigo, el que esté aquí para acompañarte.

​Caminamos en silencio de regreso a mi edificio. Tras despedirme de Matteo con un abrazo afectuoso, subí las escaleras y abrí la puerta de mi apartamento.

​El silencio de la habitación me envolvió de nuevo. Me acerqué a la mesita de noche y, al lado de la nota doblada de Kael, encontré un nuevo objeto que no estaba allí por la mañana: un pequeño reloj de arena de bronce, cuyo polvo brillaba con una luz dorada y sutil. Un nuevo eco temporal de Kael.

​Tomé el reloj entre mis manos y sentí un calor tenue recorriendo mis dedos, como si su propia energía me susurrara a través del tiempo.

​Apreté el objeto contra mi pecho mientras contemplaba la noche florentina. Sabía que Matteo me ofrecía un camino fácil y seguro, pero mi alma ya le pertenecía al viajero del tiempo. Y mientras los ecos de Kael siguieran llegando a mi mesa de noche, guardaría la fe de que, tarde o temprano, él cumpliría su promesa y regresaría a mí.




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