(Narrado por Kael)
El silencio de la Biblioteca Perdida de Alejandría, oculta en un pliegue temporal que pocos guardianes conocían, se sentía sofocante. Frente a mí, decenas de manuscritos arcaicos y pergaminos consumidos por el polvo se desplegaban sobre una mesa de piedra. Llevaba semanas sin descansar, saltando entre archivos olvidados y bibliotecas extintas de distintas eras, buscando una sola cosa: una grieta en el destino.
—Tiene que haber otra forma... —murmuré para la penumbra, pasándome una mano temblorosa por el rostro.
Traduje una y otra vez los textos del Lamento de Aethelred. Mi mente buscaba con desesperación una interpretación alternativa para la "resonancia final". ¿Acaso era estrictamente necesario que Lyra tocara la melodía? He buscado a Lyra durante siglos por todos los rincones del tiempo y el espacio, pero no hay rastro de ella. Su esencia parece haberse disuelto en el flujo primordial. Si ella no estaba... ¿quién ocuparía su lugar para estabilizar las eras?
Encontré notas crípticas de antiguos custodios, pero ninguna me daba una respuesta clara. La profecía parecía inalterable. El peso de la impotencia amenazaba con aplastarme.
Un chasquido de energía resonance alteró el aire gélido de la estancia. No necesité girarme para saber quién se aproximaba.
—Sigues buscando respuestas en el pasado, Kael —dijo una voz grave y serena.
Se trataba de Orestes, un anciano erudito y uno de los pocos custodios neutrales que aún no respondían a las órdenes del Consejo.
—Tiene que haber una manera de sustituir la clave final, Orestes —dije sin levantar la vista del mapa estelar que tenía enfrente—. Si no encuentro la forma de que otra alma interprete la melodía, el tiempo colapsará... o la perderé a ella para siempre.
Orestes se acercó a paso lento, apoyándose en su bastón de madera oscura.
—Hablas de la joven mortal de Florencia —observó con tristeza—. Ignis ha aflojado su cacería sobre ti precisamente porque te alejaste de ella. La anomalía temporal que generaban al estar juntos se ha calmado. Mientras te mantengas distante, Ignis no la tocará. Pero si intentas forzar el tejido del tiempo para traerla a tu lado sin resolver la resonancia... los Guardianes la destruirán.
—¡No puedo condenarla a una vida sin respuestas! —exclamé, poniéndome de pie. La rabia y la desesperación hicieron temblar las velas de la mesa—. La amo, Orestes. La amo como jamás creí volver a amar a nadie desde la pérdida de Lyra. Prometí que volvería por ella, y siento que el tiempo se me escapa entre los dedos.
—El amor no cambia las leyes del flujo, Kael —respondió el anciano en un susurro grave—. A menos que encuentres una forma de armonizar la Canción del Eco sin depender del fantasma de Lyra, tu regreso a su lado solo le traerá la muerte.
Cuando Orestes me dejó a solas, la angustia amenazó con romper mi templanza.
Necesitaba verla. Aunque fuera un instante.
Utilizando la poca energía que me quedaba para no alterar el espacio-tiempo ni alertar a los rastreadores de Ignis, proyecté un breve eco temporal hacia Florencia. Un canal invisible que me permitía observarla durante breves minutos sin que ella pudiera notar mi presencia física.
La vi.
Estaba caminando por las calles empedradas junto al río Arno. Lucía su abrigo oscuro y llevaba el cabello recogido con la elegancia que la caracterizaba, pero sus ojos albergaban una profunda sombra de melancolía. A su lado caminaba un joven de chaqueta de cuero. Lo reconocí de mis viajes de inspección: Matteo, su amigo de la infancia.
Los vi reír levemente mientras caminaban hacia el centro de la ciudad. Observé cómo Matteo la miraba con una devoción sincera, cómo cuidaba sus pasos y cómo le ofrecía una calidez cálida, terrenal y segura. La vida que yo jamás podría ofrecerle mientras fuera un fugitivo de las eras.
Una punzada de celos y amargura me atravesó el pecho, pero fue rápidamente sofocada por un dolor más noble.
—Tal vez esto es lo que necesitas, Helen... —susurré desde la distancia, con el corazón roto en mil pedazos mientras los observaba desde la sombra del tiempo—. Una vida tranquila, un amor sin peligros, un futuro sin sombras ni guardianes persiguiéndote.
Pensé seriamente en dar un paso atrás. En dejar de enviarle aquellos pequeños recuerdos a su mesita de noche. En dejar que el tiempo hiciera su trabajo y borrara mi recuerdo de su mente para que pudiera ser feliz con Matteo.
Pero entonces la vi detenerse cerca de su edificio. Vi cómo se despedía de su amigo con un abrazo afectuoso pero distante, y cómo subía sola a su apartamento.
Me proyecté hasta el umbral de su habitación. La vi acercarse a la ventana, sacar la carta arrugada que le dejé hace un mes y apretarla contra su pecho.
—Sé que me amas, Kael... y sé que estás allá afuera luchando —la escuché susurrar contra el cristal frío, con la voz entrecortada por las lágrimas—. Pero la duda me está consumiendo. Solo espero que estés a salvo... y que no te olvides del camino de regreso a mí.
Escuchar sus palabras destruyó todas mis dudas. Ella no me había olvidado. Su fe en mi promesa seguía viva, intacta, ardiendo como una llama indestructible en medio de la soledad de Florencia.
Apreté los puños, sintiendo una fuerza renovada corriendo por mis venas. No podía rendirme. No podía permitir que la distancia o la sombra de Lyra destruyeran el amor divino que Helen guardaba por mí.
—No me he olvidado de ti, mi vida —murmuré tocando simbólicamente el cristal de la ventana desde mi eco, dejando caer el pequeño reloj de arena dorado sobre su mesa de noche—. No importa cuántas bibliotecas tenga que destruir, cuántos textos tenga que traducir ni a cuántos guardianes tenga que enfrentar. Voy a encontrar la solución. Moveré las eras enteras si es necesario, pero cumpliré mi promesa: volveré a ti.
Desconecté el eco temporal y volví a la oscuridad de la biblioteca. Las semanas seguían pasando sin que hallara la respuesta a la profecía, pero mientras supiera que Helen me esperaba, lucharía hasta el último aliento contra el destino mismo.