Dónde el tiempo nos encontró

​CAPÍTULO 14: Un hilo de esperanza

​La soledad se había convertido en una sombra constante para mí. Los días se fundían en una rutina gris y autómata, y el violín continuaba encerrado en su estuche al fondo del armario: un recordatorio doloroso de un amor que había florecido entre las eras y se había estrellado contra la cruda realidad de una revelación.

​Incluso los sutiles e insistentes ecos temporales de Kael —aquella rosa futurista de color azul, el pequeño reloj de arena con polvo brillante o las notas que aparecían sobre mi mesita de noche— habían sido sepultados en mi cofre de madera. El orgullo y el dolor de la herida abierta por el pergamino de Lyra eran demasiado recientes para dejarme ceder.

​Sin embargo, tras las conversaciones con Matteo y los constantes empujones de mi amiga Camilla en la universidad, sentí por primera vez en semanas el deseo de romper mi propio aislamiento.

​Aquella tarde lluviosa, mientras las gotas golpeaban con furia el cristal, decidí vencer el miedo y volví a cruzar la puerta de El Rincón del Bohemio.

​El olor a café recién molido y a papel viejo me envolvió al instante. La cafetería estaba tranquila. A través de la ventana empañada, observaba a la gente pasar a toda prisa por las calles de Florencia, ajena a la tormenta emocional que se libraba en mi interior.

​—¡Me da tanto gusto verte de nuevo por aquí, Helen! —saludó el señor Tomás desde el mostrador, sirviéndome mi té favorito—. Tu mesa del fondo ha estado muy sola estos días.

​—Gracias, Tomás —sonreí con timidez, tomando asiento junto al ventanal.

​Apenas unos minutos después, la campanilla de la puerta sonó y el señor Vane, un anciano profesor de literatura de la universidad de gafas gruesas y barba canosa que solía frecuentar el local, entró sacudiéndose el paraguas. El profesor era un cliente habitual, conocido por sus animadas tertulias sobre poesía antigua, pero esta vez, al verme, su rostro reflejó una gravedad amable.

​—Helen, si me permite la intromisión —dijo acercándose a mi mesa con voz pausada y profunda.

​—Por supuesto, profesor. Asiente, por favor.

​El hombre se sentó frente a mí, apoyando los brazos sobre la madera barnizada.

​—He notado su ausencia estas semanas, y también esa melancolía que lleva a cuestas —comenzó a decir, mirándome con una comprensión penetrante—. Y he notado que no lleva consigo la funda del violín. ¿Por qué el silencio, Helen? ¿Por qué apagar la música?

​Me encogí de hombros, incapaz de articular palabra por el nudo en la garganta.

​El profesor Vane sonrió con nostalgia y prosiguió:

​—Permítame contarle una pequeña historia. Hace muchos años, cuando era joven y creía saberlo todo, sufrí una pérdida que me rompió el corazón. Creí que nunca volvería a sentir nada. Mi pasión, la poesía, se volvió vacía y abandoné los versos durante años. Pero un día, mi viejo mentor me dijo algo que cambió mi vida: «Las grandes historias no terminan con un quiebre, se reconstruyen a partir de él. Y la poesía más profunda nace siempre de la herida más grande».

​Hizo una pausa deliberada, dejando que sus palabras resonaran en el bullicio tenue de la cafetería.

​—A veces, cuando el universo nos quita lo que creíamos nuestro, es porque hay algo aún más grande reservado para nosotros —añadió con voz cálida—. Pero para encontrarlo, Helen, debemos estar dispuestos a escuchar un eco diferente. No se cierre a la posibilidad de escribir una nueva melodía.

​Sus palabras calaron muy hondo en mí. No eran un consuelo superficial, sino una invitación a despertar. Por primera vez en semanas, sentí una pequeña grieta en la armadura de tristeza que me rodeaba. No se trataba de olvidar lo que viví con Kael, sino de transformar ese dolor en algo fuerte, con sentido.

​Al salir del local, me encontré a Camilla y a Matteo en la plaza.

​—¡Miren a quién tenemos aquí! —exclamó Camilla abrazándome—. ¿Saliste del aislamiento por tu cuenta?

​—Solo vine por un té —sonreí, sintiendo una ligereza inusual—. Pero creo que ya es hora de dejar de huir.

​Matteo me miró con una mezcla de orgullo y ternura.

​—Esa es la Helen que conozco —dijo suavemente—. Si necesitas compañía para volver a ensayar en la facultad, sabes que solo tienes que avisarme.

​—Lo sé, Teo. Gracias a los dos.

​Esa noche, de vuelta en mi apartamento, la oscuridad de la habitación se sentía menos densa. Caminé hacia el fondo del armario, tomé el estuche del violín y lo coloque sobre la cama. Mis manos temblaron levemente al abrir los broches de metal.

​Allí descansaba la madera pulida del instrumento, brillante y silenciosa. Lo tomé entre mis brazos, acomodándolo contra mi cuello, y pasé la yema de mis dedos sobre las cuerdas. No toque ninguna nota aún, pero sentí la vibración de la madera reaccionando a mi tacto, devolviéndome una chispa de vida.

​De repente, algo llamó mi atención. Entre las cuerdas, justo al lado del puente, había un pequeño sobre de papel amarillento con un sello de cera que no había visto jamás.

​Lo tomé con cautela y rompí el sello. Dentro no había una nota de Kael, sino una partitura antigua escrita a mano. Tenía la misma caligrafía compleja del Lamento de Aethelred, pero los símbolos y las escalas no correspondían a la Canción del Eco Eterno. Era una estructura completamente distinta... casi como si fuera una respuesta, una "contracanción".

​Al final de la última hoja, leí una única frase manuscrita en latín arcaico:

«Ex fractura, nova armonia».

​Usando lo poco que Kael me había enseñado en nuestras tardes de estudio, traduje las palabras en voz baja:

De la fractura... una nueva armonía.

​No toqué el violín esa noche. Pero la semilla de una nueva búsqueda había sido plantada en mi alma. Mi dolor no sería el final de mi historia, sino el catalizador de una melodía completamente nueva. El hilo de esperanza, débil al principio, comenzaba a tejerse de nuevo. Un camino que quizás, de alguna forma que aún debía descubrir, volvería a cruzar mi destino con el de Kael.




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