(Narrado por Helen)
La revelación del Lamento de Aethelred había encendido en mí una determinación indestructible. El desamor no había sido el final de nuestra historia, sino un doloroso desvío necesario para empujarme a entender el verdadero propósito del tiempo y mi propio papel en él. Kael no se había alejado por frialdad, sino porque estaba cegado por milenios de culpa y por la errónea interpretación de la profecía de Lyra.
Ahora que conocía la verdad, sabía que tenía que encontrarlo.
No fue fácil. Kael se había retirado por completo, no solo en espíritu, sino también en el flujo del tiempo. Aquellas pequeñas señales que solía enviarme a la mesita de noche —las rosas azules, los relojes de arena— habían cesado.
Pasé días enteros intentando rastrearlo desde mi apartamento y en mis descansos en El Rincón del Bohemio. Tocaba suaves arpegios de la Canción del Eco Eterno en mi violín, no para abrir portales, sino para enviar ondas vibracionales al espacio-tiempo, buscando cualquier respuesta o pulso de su presencia.
Finalmente, una noche, mientras la brisa de Florencia se colaba por mi ventana y mis dedos trazaban las notas con una intensidad renovada, sentí un tirón en el alma. Una vibración débil pero inconfundible latía en lo alto de la ciudad, en el antiguo campanario que contemplaba el río Arno.
Guardé la partitura de la Nueva Armonía en mi bolso, tomé el estuche del violín y salí a toda prisa a la noche florentina. El miedo a lo desconocido había sido aplastado por la urgencia de la verdad. Crucé las calles empedradas con el corazón latiéndome a mil por hora, acercándome a la base del viejo edificio de piedra...
(Narrado por Kael)
Me encontraba apoyado contra la balaustrada de piedra en lo alto del campanario, contemplando las luces de Florencia con el alma consumida por el cansancio. Había pasado semanas vagando por eriales del tiempo, pero mi corazón siempre terminaba arrastrándome de vuelta a la era donde ella respiraba.
De pronto, el aire a mi alrededor se volvió denso y cálido. Una sombra alta, envuelta en un manto de bordes dorados, emergió directamente de las grietas del tiempo.
—Has dejado de huir, Kael —dijo Ignis, su voz resonando como el crujido del fuego primigenio.
No me sobresalté. Solo suspiré con amargura, sin apartar la mirada de los tejados de la ciudad.
—Si viniste a llevarme ante el Consejo o a erradicar mi existencia, Ignis, hazlo ya —respondí con la voz quebrada—. Ya no me queda energía para seguir combatiéndote.
Ignis dio un paso al frente. Para mi sorpresa, el Guardián no desenfundó su espada temporal. En su rostro impertérrito había una extraña mezcla de solemnidad y respeto.
—No vine a destruirte, viajero —dijo Ignis en tono grave—. La cacería sobre ti se ha detenido porque la gran anomalía del tejido se ha calmado desde que te alejaste de la mortal. Mi deber nunca fue aplastar tu afecto por ella, Kael. Mi deber era proteger la trama de un colapso inminente. La separación de Helen debía ser un intervalo temporal, una pausa necesaria para evitar que las eras se fracturaran mientras se hallaba la verdadera solución.
Lo miré con incredulidad, sintiendo un vuelco en el pecho.
—¿Un intervalo temporal...?
—El tiempo no podía sostenerlos juntos mientras siguieras persiguiendo el fantasma de Lyra —continuó Ignis—. Pero esa joven ha tocado una frecuencia que incluso el Consejo creía imposible. Ella no pertenece al pasado que intentas reparar; ella es la respuesta que el futuro estaba esperando. Si ella logra interpretar la Nueva Armonía, el tejido se estabilizará... y las leyes que los separan dejarán de existir.
Antes de que pudiera articular palabra, el Guardián retrocedió un paso y comenzó a disolverse en destellos dorados.
—Encuéntrala, Guardián. El tiempo les ha concedido su última oportunidad.
Me quedé atónito, procesando las palabras de Ignis en medio del silencio de la noche. Y entonces, escuché unos pasos apresurados subiendo los peldaños de piedra de la torre.
Al girarme, mi corazón se detuvo. Era ella.
(Narrado por Helen)
Llegué a la parte superior del campanario agitada, con la brisa nocturna despeinándome el cabello. Lo vi allí, de pie bajo la luz de las estrellas, luciendo más exhausto y vulnerable de lo que jamás lo había visto. La melancolía que solía ocultar tras su porte místico estaba expuesta en cada línea de su rostro.
Al escucharme, se giró bruscamente. Sus ojos de tono ámbar se abrieron con asombro, fijos en mí con una mezcla de incredulidad y una esperanza vacilante.
—Helen... —susurró. Su voz era un hilo ahogado por la emoción—. ¿Cómo...? ¿Qué haces aquí?
—Te equivocaste, Kael —dije con voz firme, sosteniéndole la mirada a pesar del nudo que atenazaba mi garganta.
Me acerqué a él a paso decidido, saqué el manuscrito de la Nueva Armonía de mi bolso y se lo extendí.
—El pergamino que encontramos en los Alpes Suizos no significaba que Lyra fuera la solución —le expliqué, señalando las anotaciones traducidas—. La imagen de Lyra era la marca del origen del problema, no la clave. El mensaje decía que tenías que liberarte de la obsesión de buscarla para que el flujo pudiera sanar.
Kael tomó la partitura con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron frenéticamente los símbolos y las frases en latín arcaico que yo misma había descifrado.
—Mira la última frase, Kael —insistí suavemente, tocando el papel con mi dedo—: «Ex fractura, nova armonia». De la fractura, una nueva armonía. Yo soy esa armonía. Lyra dejó el Primer Eco para que la encontraras y supieras que el tiempo podía arreglarse, pero esta segunda parte... esta es para ti, y es para el tiempo actual.
A medida que le explicaba los pasajes y el significado del Segundo Eco, la comprensión se abría paso en su rostro, disipando milenios de desesperación y reemplándolos por una mezcla de alivio, vergüenza y una abrumadora esperanza. Había cargado con un doloroso malentendido durante eras, y yo había desentrañado la verdad.