Dónde el tiempo nos encontró

CAPÍTULO 20: El eco de un nuevo comienzo

(Narrado por Helen)

​La nueva melodía que vibraba en el tejido del tiempo no era una amenaza; era la prueba viviente de que el universo había sanado.

​Aquella tarde, Kael y yo nos quedamos en el patio trasero de la galería contemplando el cielo de Florencia. Mientras yo sostenía el violín y acariciaba las cuerdas con suavidad, dejé que la frecuencia de la Nueva Armonía fluyera libremente. Ya no había fracturas, ni saltos desesperados, ni sombras de culpabilidad. El tiempo se había convertido en un río manso que avanzaba en perfecta paz.

​—Es hermoso... —murmuró Kael, rodeándome con sus brazos desde atrás y apoyando su mentón en mi hombro mientras yo terminaba el acorde—. Durante milenios creí que mi destino era corregir errores del pasado. Jamás imaginé que el tiempo pudiera sentirse así de liviano.

​—No corregiste el tiempo, Kael —sonreí girándome hacia él para darle un beso corto en los labios—. Aprendimos a escucharlo. Y ahora, el tiempo nos regala cada segundo de este presente.

​Poco antes del atardecer, caminamos juntos hacia El Rincón del Bohemio.

​Anotar la llave en la cerradura y abrir la puerta de madera siempre me sacaba una sonrisa llena de nostalgia. Tras la partida del querido señor Tomás hace unos años, descubrí con lágrimas en los ojos que me había dejado el local como herencia. En su carta, escribió que nadie cuidaría el alma de la cafetería con el mismo amor y devoción que la joven del violín que solía refugiarse en la mesa del fondo. Hoy, yo era la dueña oficial de nuestro pequeño santuario.

​Apenas encendimos las luces cálidas del local y colocamos el letrero de "Abierto", la campanilla de la puerta sonó con alegría.

​—¡Abran paso a los clientes más importantes de la casa! —anunció una voz radiante e inconfundible.

​—¡Cami! —exclamé con emoción al ver entrar a Camilla.

​Detrás de ella venía Matteo, con una sonrisa amplia y sosteniendo de la mano a un pequeño niño de unos cuatro años de rizos castaños y ojos despiertos.

​Con el paso de los años, la vida de mis amigos también había florecido de forma maravillosa. Ambos habían terminado sus carreras, se habían enamorado profundamente y se habían casado en una hermosa ceremonia a las afueras de la ciudad. Ahora, Matteo trabajaba en una prestigiosa firma de diseño y Camilla gestionaba proyectos culturales, pero sin importar lo ocupados que estuvieran, El Rincón del Bohemio seguía siendo su punto de encuentro obligado.

​—¡Tío Kael! —gritó el pequeño corriendo directo hacia Kael.

​Kael, con una agilidad y una ternura que jamás habrían imaginado en el viajero solitario de hace siglos, se agachó y atrapó al niño en el aire, levantándolo entre risas.

​—¡Hola, pequeño Leo! —lo saludó Kael revolviéndole el cabello con cariño—. ¿Te portaste bien hoy con tus papás?

​—¡Sí! ¡Mamá dijo que si me portaba bien, la tía Helen me dejaría tocar la campana de la caja! —respondió el niño con emoción.

​—Por supuesto que sí, campeón —se rió Matteo acercándose a darnos un abrazo a Kael y a mí—. De verdad qué buena falta nos hacía un café de los tuyos, Helen. La semana en la oficina estuvo de locos.

​—Siéntense en su mesa de siempre —les dije sirviéndoles sus tazas favoritas y un plato de galletas recién horneadas—. El café corre por la casa hoy.

​Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa circular del fondo, viendo al pequeño Leo jugar felizmente con un avioncito de madera en la alfombra.

​—A veces miro este lugar y todavía me parece ver al señor Tomás parado detrás del mostrador —comentó Camilla con nostalgia, mirando los cuadros antiguos de las paredes—. Le estaría tan orgulloso ver cómo mantuviste el Rincón, Helen. Le diste una vida increíble.

​—Él fue mi refugio cuando me sentía perdida, Cami —respondí con sinceridad, mirando a Kael con ternura—. Me dejó este lugar para que siguiera siendo un hogar para todos nosotros.

​Matteo tomó un sorbo de su café y nos miró a Kael y a mí con los ojos entrecerrados y un toque de diversión.

​—Saben... hay algo que siempre comento con Cami —dijo Matteo sonriendo—. Pasan los años, nosotros tenemos canas y arrugas del trabajo, ¿y ustedes dos? ¡Están exactamente iguales! Parecen congelados en el tiempo. Díganme la verdad, ¿cuál es el secreto? ¿Tienen una fuente de la juventud escondida en el almacén?

​Kael y yo nos miramos de reojo, compartiendo una sonrisa cómplice y llena de secretos que solo el universo comprendía.

​—El secreto, Matteo —respondió Kael rodeándome los hombros con el brazo—, es saber disfrutar cada segundo de la vida sin prisa. Cuando encuentras al amor de tu vida, el tiempo deja de ser un enemigo.

​—¡Ayyy, tan romántico como siempre! —suspiró Camilla apoyando la barbilla en sus manos—. De verdad que ustedes son una historia de libro. Me alegra tanto verlos tan felices.

​Pasamos la tarde entre risas, recuerdos de nuestros años de universidad y conversaciones cálidas sobre el futuro. Cuando la noche cayó y la cafetería quedó en silencio tras la despedida de Camilla, Matteo y el pequeño Leo, Kael y yo caminamos hacia la terraza de nuestro apartamento frente al río Arno.

​La brisa fresca de Florencia nos envolvió. Tomé el violín por última vez esa noche y dejé que el arco rozara las cuerdas. No tocaba para corregir ninguna anomalía ni para abrir portales en el espacio. Tocaba por la simple gracia de estar viva, por el amor que nos unía y por la eternidad que compartíamos.

​Kael se colocó detrás de mí, abrazándome suavemente mientras las notas de la Canción del Eco Eterno se transformaban en la melodía de nuestro presente.

​—Te amo, Helen —susurró a mi oído, con la voz llena de una paz absoluta—. Gracias por rescatarme de la eternidad y enseñarme a vivir en tu presente.

​—Te amo, Kael —respondí sin dejar de tocar, sintiendo la luz dorada de la Nueva Armonía latir suavemente en mi corazón—. Nuestro tiempo no tiene final.




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